Pregón de la Fiesta de la Biznaga - Carlos Pérez Ariza - El Sol Digital
Pregón de la Fiesta de la Biznaga – Carlos Pérez Ariza

Pregón de la Fiesta de la Biznaga – Carlos Pérez Ariza

Carlos Pérez Ariza
Carlos Pérez Ariza
Doctor (Ph. D.) en Periodismo/UMA. Profesor Colaborador Honorario/UMA. Vicepresidente del Colegio de Periodistas y Asociación de la Prensa de Málaga. Director Académico Cátedra del Mestizaje

Autoridades, directivos de la Peña La Biznaga, peñistas, señoras, señores.

Para un malagueño nacido en la calle de la Victoria, que como yo ha vivido tantos años fuera de mi ciudad, hoy es un día muy especial, pues me invade la mayor emoción y me cubre de un inmenso honor y alto compromiso haber sido elegido como pregonero de esta fiesta, que marca el inicio de nuestro verano, por la Peña La Biznaga, representante muy en alto del sentir de los malagueños desde 1974. Distinción inmerecida, porque hay muchos malagueños capaces y sobresalientes que podrían estar aquí este día. Y, sobre todo, si se lee el listado de los 42  insignes pregoneros que me han precedido en esta tribuna, desde 1975 a 2017. Es una alta responsabilidad que voy a intentar superar con vuestra ayuda y bondad.

El nombre de esta Peña, que es una de las más destacadas de Málaga; me recuerda el aroma de la flor más bella que haya creado manos humanas: Biznaga. La naturaleza da el jazmín que la engalana, pero es la mano artesana la que ha hecho surgir una flor única, tan representativa de nuestra querida Málaga. Esta reunión tan entrañable, porque reúne a la familia malagueña, marca el inicio de su verano inigualable. Acabamos de pasar una Semana Santa sorprendente. Viene la Feria, que se reconoce ya como la gran fiesta del Sur del Mediterráneo, nuestro mar; al que yo, como los romanos, llamo Mare Nostrum en mi columna semanal de La Opinión de Málaga. Un mar que nos trae las mareas de la historia del mundo occidental. Aquí nacimos y vivimos ahora en un mundo difícil, que nos trae a miles de seres humanos, que buscan una vida que se les niega en sus patrias de origen. España fue y ha vuelto a ser país de emigraciones, nos toca en esta hora mundial ser receptores. Solo hay que ponerse de acuerdo en el cómo hacerlo bien.

No puedo dejar de decirles que cuando uno vive fuera de España tantos años ese aroma a Biznaga, que es la misma Málaga, queda fijado en la memoria afectiva, que es una de las más importantes que tenemos los seres humanos.  Junto al Cenachero, ese sufrido pescador de la Malagueta o de El Palo, de esta Costa del Sol toda, al que recuerdo en mis años de niño recorriendo las calles; y al Biznaguero, que también recuerdo paseando su olorosa flor,  que es como el cielo claro del azul limpio de esta nuestra Málaga, que emociona a propios y extraños. Que nos sintamos representados en esta flor creada y única da clara idea de que vivimos en la ciudad del Paraíso, que nos dejó escrito el poeta Premio Nobel, Vicente Aleixandre, sevillano pero de infancia vivida en su Málaga inolvidable, que dejó a los trece años, como yo, como tantos otros. Ciudad que le quedó grabada en su memoria para siempre y para todos nosotros. Permítanme recordar una de sus poesías dedicadas a la ciudad que hizo suya. Así la dejó escrita:

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,

intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama, por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

 

Tantas veces leída por mí en la lejanía de Málaga. La nostalgia es un sueño de infancia que jamás acaba.

Otro que se fue, como Pablo Picasso y tantos más de la diáspora española del siglo pasado. Otro grande, que conoció bien a los hermanos de la otra orilla, fue Federico García Lorca. Decía él que Andalucía no terminaba en Cádiz, sino en La Habana, donde fue feliz. Carlos Cano cantó en una copla que La Habana era Cádiz con más negritos y Cádiz La Habana con más salero. Pues así es. Pero todos ellos han vuelto en sus obras, en sus letras, en su poesía. Porque, ¿cómo olvidar a esta Málaga, donde dimos los primeros pasos, donde hicimos los primeros amigos, donde conocimos El Quijote de la mano de los Hermanos Maristas? Eso es imposible. Permítanme rememorar, cuando yo volví a instalarme definitivamente en Málaga en 1991, dejando atrás 32 años de Venezuela, donde me hice caraqueño, tal como soy de nuevo y con mayor fuerza malagueño de corazón. Créanme que esa vida de ida y vuelta no ha sido fácil, pero les aseguro que me ha enriquecido como persona y como profesional del periodismo al que debo buena parte de mi experiencia en el mundo. Se vuelve a la tierra natal, siempre se vuelve, pero no se puede olvidar, y menos en estos tiempos aciagos, a ese país hermano a orillas del mar Caribe, que sufre un inmenso dolor por la calamidad impensable de un gobierno que sin piedad desprecia a sus ciudadanos. Ellos, ese pueblo, cuentan con España y Europa para ayudarles a salir de esa Crisis Humanitaria y recuperar la democracia. Lo estamos intentando y lo vamos a ver pronto, en nuestro esfuerzo y en Dios confiamos.

Los malagueños de pro, como son todos ustedes, saben muy bien qué es una Biznaga. Pero estoy tentando a recordarlo aquí. Disculpen, es deformación periodística por dar los detalles de lo que se escribe o se habla… Nunca se deja de aprender cuando se es periodista de verdad y de la verdad. Es la flor del verano malagueño, porque su preparación comienza unos meses antes del estío. Es cuando se recolecta el cardo silvestre aún verde. Es la armazón de la Biznaga. El tallo limpio y fuerte con sus ramitas o pinchos sostendrá las florecillas blancas, diáfanas, olorosas. Viene el siguiente paso que es insertar los jazmines, aun cerrados, lo que facilita encajarlos en el entramado. Tarea minuciosa, de orfebre de la flor, que al abrirse se convertirá tal como la recibimos en la Biznaga redonda y expresión de su perfume. Después, para concluir esta obra de arte que conjuga naturaleza y artesanía habilidosa, el Biznaguero se lanza a las calles mostrando su ramillete clavado por los tallos en una penca de chumbera, limpia esta también de pinchos. ¿Se podría tener más arte para ofrecer esta creación única en el mundo?: Una flor natural presentada en una bandeja verde madre de los higos chumbos malagueños.  Pues sí, se tiene ese arte aquí en Málaga. Y ustedes no habrían podido escoger un mejor nombre para la Peña a la que pertenecen: La Biznaga… ¡Viva La Biznaga!

Es símbolo también del Festival de Cine en español de Málaga, mayor de edad ya, y aunque se adelanta al verano, sus premios principales son la Biznaga de Oro y de Plata. Han escogido bien, porque no hay mejor símbolo de la ciudad del cine en español, que elevar a esa categoría a la humilde y querida Biznaga. Y tenemos su recuerdo en la estatua del Biznaguero en los jardines de Pedro Luis Alonso, aledaños al Ayuntamiento. También tenemos una en homenaje al Cenachero, no lo olvidemos. Mantener las tradiciones nos hace más humanos. Estar orgullosos de ellas nos hace más felices. Un pueblo que olvida su cultura está destinado a desfallecer. Esos símbolos permanentes en la memoria son los que nos hacen sostenernos en el presente y mirar al futuro con entusiasmo. Lo supo muy bien un poeta y periodista malagueño, Salvador Rueda. Viene a mi memoria, porque la vi, cuando era niño,  una leve placa en la fachada de su casa última en la Coracha, aquellas casas que en los años cincuenta flanqueaban los muros de La Alcazaba, donde falleció en 1933. Rueda, que visitó varios países latinoamericanos escribió un hermoso poema épico titulado “El milagro de América. Descubrimiento y civilización”, fue publicado por primera vez el 15 de junio de 1929 coincidiendo con la inauguración de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de ese mismo año. Adalid del modernismo, aun hoy Rueda no ocupa el lugar destacado que tuvo como la alta pluma que fue y es. Malagueño de Benaque (Macharaviaya), Rueda reivindica el papel de España en América. Escribió: “Mi finalidad es defender y revalorizar el descubrimiento y la conquista, limpiando ambos acontecimientos de toda sombra y luchando contra la ‘leyenda negra’, que pretendía enturbiar el pasado glorioso español”. No es posible narrar hoy aquí su extenso poema, compuesto en quince Cantos, pero os pido vuestra venia para citar solo un brevísimo verso:

“…quien no tiene Cultura, no tiene un sitio en la Tierra”.

Hay días hoy, en que España parece perder el rumbo. Es bueno retomar el citado poema de Salvador Rueda y cobijarse en sus letras, que dan sentido a lo que fue España para América y recuperar ese orgullo patrio, que Rueda nos dejó escrito tras conocer aquellas tierras. Es él otro malagueño que hay que rescatar de un inmerecido olvido. Podríamos recordarle aún más hoy, sólo agregaré que fue un autodidacta, periodista en Madrid de ágil pluma y poeta precursor del modernismo, a él se deben las directrices poéticas que hicieron suyas después los modernistas. Modificó el soneto, llevó a las alturas el uso del dodecasílabo y exploró como nadie el hexámetro clásico. Tenemos un autor de suma importancia al que los malagueños debemos honor y gloria.

En esta relación apresurada de malagueños insignes, no puedo dejar de mencionar a Vicente Espinel. Malagueño de Ronda, es recordado por ser el creador de la actualización de la décima, que también es conocida como ‘espinela’. Músico y poeta dio a la guitarra la sexta cuerda o bordona. Nació un día de los Inocentes de 1550 y falleció en Madrid el 4 de febrero de 1624. Vivió pues en pleno Siglo de Oro español, admirado por los grandes de su tiempo, tales como Góngora, Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, de quien fue maestro. Aquí en Málaga lleva su nombre el muy antiguo e ilustre instituto, más conocido como ‘Gaona’, por ser el nombre de la calle donde se ubica. Larga y azarosa fue su vida, fue soldado, libertino, escritor, músico y sacerdote. Tanto no podemos glosar hoy aquí. Les invito a leerle. Sólo voy a referir la inmensa influencia que su aporte musical tuvo en su tiempo y aún hoy tiene en la música de América. La décima a la manera de Espinel fue usada por casi todos los poetas famosos del Siglo de Oro. Basta un ejemplo de la ‘Vida es sueño’ de Calderón en la famosa décima:

 

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

 

Pues esto es una décima. En España, tras el Siglo de Oro, la espinela se olvidó. Pero en llevada a América se adoptó tan profundamente en el folclor, que ha pervivido hasta hoy. Se hizo de uso común en los cantos de trabajo, en serenatas de amor, en canciones de cuna. Es usual hoy que se convoquen contiendas de decimistas, que exponen su ingenio improvisando cantos en respuesta al contrincante. Es una poesía recitada o cantada. Su acompañamiento musical es mestizo con instrumentos europeos, indios y africanos. En territorio español, solo en Canarias se ha mantenido el uso musical de la ‘espinela’. Su canto sigue tan arraigado en la composición musical popular de América, que si le preguntas, por ejemplo, a un músico mexicano, te asegurará que la décima la crearon allí. Pues esa riqueza se la debemos a este andaluz, malagueño de Ronda, que nunca vio aquellas tierras. La décima de Vicente Espinel sigue viva en América desde hace cuatro siglos largos. Es el ejemplo fuerte de la herencia cultural española, que Latinoamérica ha hecho suya. Es una de las pruebas del sincretismo cultural que impulsó el mestizaje, único en el mundo. A esos estudios académicos estamos dedicados desde la Cátedra del Mestizaje. Eternamente debemos estar agradecidos al genio de Vicente Espinel.

Pero hoy aquí en esta  fiesta del aroma, de la amistad, de la familia, donde la Biznaga preside por derecho propio a todo el sentir profundo de ser malagueños, quiero aprovechar esta tribuna para reivindicar que esta ciudad merece más de lo que se le otorga. Las Peñas, y La Biznaga es de las principales, constituyen un entramado popular del pueblo de Málaga. Su quehacer va desde la solidaridad en las obras benéficas que organiza a las actividades culturales, sin dejar de lado los actos recreativos que unen, dignifican y fortalecen a la familia malagueña. Esa fuerza, lo saben bien todos los políticos aquí reunidos, significa una corriente viva en la que apoyarse para que nuestra Málaga avance aún más, y al hablar de nuestra ciudad hablamos de Andalucía.

No hay duda que hemos progresado. Esta es hoy, que duda puede caber, una ciudad cosmopolita. De mis años de infancia la memoria trae ráfagas de una plaza de la Merced terrosa, donde los niños jugábamos a las bolas. Donde aún se podían ver las ruinas de aquella iglesia de La Merced quemada en los oscuros años de la guerra. Mi abuela, contestaba: la quemaron… sin más y se persignaba. El mercado de la Merced estaba en el mismo lugar de hoy, pero ahora parece un espacio más limpio que entonces. Por la calle de la Victoria circulaba, abajo y arriba, un tranvía, siempre repleto de gente. Un viejo vagón está en El Palo, delante del Centro Deportivo. Un día, que nevó en Málaga (febrero, 1954) no hubo colegio, yo tenía casi siete años. Fue la primera vez que vi nieve en los tejados de mi casa y en la calle. Un coche pasó con el techo cargado de nieve, venía de Granada. Mucho antes de que me llevaran a Venezuela, donde la población mestiza y afroamericana es notable, vi, por primera vez en mi vida, a  un negro  en Málaga, era un jugador de baloncesto. Fue en el patio de juegos del Colegio de los Maristas, donde los alumnos de preuniversitario jugaban un partido con el equipo de los marineros de los barcos estadounidenses, surtos en el puerto. Demás está decir, que siempre ganaban aquellos magníficos jugadores a los esforzados compañeros maristas. El alcalde, que también estudió en ese colegio, debe recordar lo que os cuento. Era advertencia en mi familia, no traspasar el río Guadalmedina, suponía uno, en la imaginación de niño, que le podía ocurrir algo tenebroso. Tuve mi primera bicicleta, como regalo al aprobar el Ingreso. Mi abuela, pertinaz, creía en un maleficio y sufría cada vez que salía yo en bici. No tuve otra bicicleta hasta que volví a Málaga, donde suelo usarla, siempre que no hace viento fuerte, ya sin el brío infantil. Caracas no es ciudad para bicis, aunque su primavera es eterno. De mi casa, en calle de la Victoria número ocho, al colegio, frente al jardín de los monos, era una acera larga de ida y vuelta. Con clases de mañana y tarde, excepto los jueves por la tarde. Aprendí a hacerme el nudo de la corbata a los siete años. En aquel Colegio había que ir con esa prenda anudada al cuello. Ahora uso pajarita, que es menos larga y más ancha. En aquel teatro Cervantes de los cincuentas, donde ponían películas, actuamos varias veces con la Rondalla, que dirigía el Hermano Tomás. Yo tocaba la Bandurria.  La Málaga que encontré en 1991 era otra. Viví en Madrid hasta 1998, venir en tren era un trayecto de toda la noche. Ahora se va en dos horas y media, de centro a centro de ambas ciudades. Nos falta la conexión de un tren litoral hasta Marbella al menos, diría yo hasta Cádiz hacia Poniente y hasta Almería por Levante. Que Málaga ocupe su puesto que le corresponde como centro impulsor de la economía andaluza es de justicia, y no solamente un requerimiento político, sino justo merecimiento. Reconocer con orgullo que vivimos en una ciudad, un país mejor, que el de nuestro infancia es necesario para poder mirar hacia el futuro con entusiasmo.

Y la que tenemos hoy, en 2018, también es otra. Más extensa, más cosmopolita. Si subes al autobús de El Palo al Centro o a la Universidad, es el 11 y yo lo uso, escuchas hablar en varios idiomas extranjeros: chino (mandarín), francés, italiano, ruso, polaco, árabe, entre otros. Más de una vez he hablado en inglés con algún estudiante de Erasmus en esos trayectos y en mis clases. El bus es un microcosmo sociológico de lo que es hoy día Málaga. Es un indicativo de que esta ciudad se parece poco a la de mi infancia. El jardín de los monos ha desaparecido, supongo que aquellos animalitos morirían de viejos. Ahora es un parquecito recoleto. El Colegio de los Maristas ha crecido y es mixto. Los tiempos se imponen y nosotros también vamos cambiando con ellos. Aquella Málaga de una librería y cien tabernas ya no es la misma. Aunque las tabernas siguen proliferando, la actividad cultural está a la altura de las más importantes ciudades españolas. Se ha engalanado con museos y tenemos una red de bibliotecas públicas dignas y con actividades literarias, me consta. También hay más librerías. Destaco a Prometeo, en donde soy socio desde que volví a Málaga. Aun así, hay que pedir más. Seguimos atrasados en relación a otras regiones de España y Europa en los niveles de lectura, en la comprensión de lo que se lee, que los expertos llaman analfabetismo funcional. Y a la cola del paro que baja, pero no con la suficiencia que se necesita hoy en día. Lo que no ha decaído son las Peñas, que se hacen más fuertes, más solidarias, más amplias. Como esta vuestra: La Biznaga, que es un buenísimo ejemplo de vitalidad social.

Buscando documentación para estas palabras que voy hilando entre la memoria y la actualidad, descubro muchas cosas del jazmín, que da forma a nuestra Biznaga, flor creada, única y original, como hemos comentado. El jazmín tiene unas 200 especies. Crecen como arbustos o plantas trepadoras en los climas tropicales y subtropicales, que es el que abraza a nuestra región. Tal como otros tantos frutales que enriquecen a nuestra Axarquía. Las flores del jazmín son, usualmente blancas, pero los hay amarillas y rojizas. Adornan los jardines malagueños y su fragancia es signo de buen tiempo, del verano que se cobija en nuestra costa. Es una flor, el jazmín, de breve vida; por eso tal vez se apresura a exhalar su fragancia para que no la olvidemos. Ya sabemos cuánto apreciamos esa flor pequeña en Andalucía toda. Por eso, como decíamos antes, se recogen antes de que se abran para facilitar la creación de las biznagas. Quienes se especializan en una práctica llamada aromaterapia, afirman que su olor embriaga los sentidos y es un afrodisiaco, y el jazmín actúa también como relajante muscular y analgésico. Parece esta una flor mágica, destinada también a ser Biznaga, donde florecida tiene el poder del encantamiento sereno mediante su fragancia, su color y su presencia. Su nombre viene el árabe hispánico, que tanta cosas admirables dejaron en estas tierras. Al parecer fue adoptado por éstos del persa, pues ese arbusto proviene de Eurasia. Aquí la pronunciaban yas-a-mín, que en árabe clásico sería algo así como yásamín del yásaman persa, que en definitiva tenía el significado de ‘regalo de Dios’. Yo creo que el jazmín, este nuestro, convertido en Biznaga, es tal regalo. Además, un ramillete de jazmines sueltos o la Biznaga colocada al lado de la cama espanta a los mosquitos del verano, pequeños voladores molestísimos y enemigos del sueño.

Otra cosa sorprendente que he descubierto, y es que un periodista nunca deja de aprender cosas. Es que los antiguos Persas, que adoraban a las flores, los pájaros y los misterios de Oriente, tenían en alta estima al jazmín del que hacían perfumes y, Oh, sorpresa, mermelada. Sin embargo, no he encontrado que los persas, amantes y  cultivadores del jazmín, que lo degustaban hecho confituras, hayan creado una flor como la nuestra. No parece que descubrieran sus orfebres y artesanos el arte de la Biznaga. Por tanto es nuestra, de Málaga y con el mayor orgullo.

Finalmente, no puedo dejar de recordar a otro personaje, tan querido en Málaga y en todo el mundo, como es Pablo Picasso. Ahora se acaba de emitir una serie de televisión sobre su vida, que interpreta con gran altura, otro malagueño ya universal, Antonio Banderas. En 2016, Rafael Inglada, un conocedor en profundidad de Picasso, publicó un breve libro, ‘Textos españoles’, plagado de hermosos poemas escritos por Pablo Picasso.  Un malagueño que aunque nunca volvió a Málaga, jamás dejó de ser uno de los nuestros y nunca se olvidó de su España, de su Málaga. Viene al punto recordar uno de esos poemas, cuyo título es más que apropiado a esta noche: ‘Ropero de azahar y jazmines’. Al leerlo es indudable que Picasso siempre tuvo a Málaga en su pensamiento. Una parte de ese poema dice así:

Ropero de azahar y jazmines perfumados del olor de los pinos…

Con sus agujas de flores a tocar con su puya el morrillo del mar toro azul alado incandescente extendido al borde de la playa

No quiero terminar, y voy concluyendo, sin referirme a la profunda significación que tiene para nuestra ciudad el asociacionismo representado por las Peñas. Lejos de los que algunos piensan sobre las Peñas, como entidades alejadas en el tiempo. Y pese a recientes diferencias, superadas por las fortalezas de sus propios peñistas, muy por el contrario han sabido ponerse al día. Sus integrantes, todos ustedes, guiados por dirigentes, que saben del buen hacer, han convertido a estas agrupaciones en verdaderos centros de referencia para que los políticos, que manda en Málaga, no olviden a quiénes les deben los votos, nuestros votos.  El mejor ejemplo al que me puedo referir es este que hoy nos reúne aquí en esta noche fraterna: Peña La Biznaga, cuya trayectoria es orgullo de ser malagueños. Quiero agradecer de nuevo, y de lo más profundo de mi corazón, que nunca dejó de ser malagueño y que comparte sus latidos con el sufrido pueblo venezolano, la oportunidad que vuestra Peña La Biznaga me ha ofrecido al poder hablaros aquí hoy. Muchas, muchas gracias y feliz verano desde esta Peña La  Biznaga, la mejor de todas. Viva la Peña La Biznaga. Viva Málaga y Viva España.

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