¿Quiénes son los propietarios de los hospitales públicos? Miguel Such. Cirujano cardiovascular - El Sol Digital
¿Quiénes son los propietarios de los hospitales públicos? Miguel Such. Cirujano cardiovascular

¿Quiénes son los propietarios de los hospitales públicos? Miguel Such. Cirujano cardiovascular

Hace ya 30 años. Fue mi primera salida a un hospital fuera de España: el Freeman Hospital de Newcastle, Inglaterra. Es un Hospital Público de un Sistema Público de Salud teóricamente parecido al nuestro. En la entrada del hospital había un pequeño mostrador provisional con un cartel: “TU hospital necesita un nuevo escáner. Danos tu aportación para conseguirlo”. En aquella época el escáner era una novedad y muy pocos hospitales disponían de uno.  Me llamó fuertemente la atención el que pudieran pedir dinero a los usuarios de la sanidad pública. Era impensable en nuestro país, en el que todos exigimos “lo mejor” como un derecho y nadie cree que deba aportar nada a cambio. Pero la gran diferencia la he resaltado en mayúsculas, “TU hospital”. No decía el Freeman Hospital, ni el Newcastle Hospital. Decía “tu hospital”, el que tiene que diagnosticarte “tus” problemas, el que cuida de “tu” salud y la de “tus” hijos, el que va a intentar que vivas muchos años con la mejor calidad de vida. Y como el presupuesto para la sanidad no es infinito ni ilimitado (ni siquiera en un país mucho más rico como Reino Unido), tu pequeña aportación, unida a muchas otras, puede conseguir que “tú”, no solo usuario, sino “propietario” de este hospital, tengas cuanto antes un escáner que permita diagnosticarte tu enfermedad antes de que sea demasiado tarde. Parecía que estaban inventando lo que hoy se llama “economía colaborativa”. Pero en realidad era algo mucho más sencillo y mucho más antiguo: tu aportas algo a lo que es de todos, y te beneficias del resultado. Hace casi 15 años, quisimos mejorar la cirugía cardiaca en Málaga con algo que nacía entonces, llamado “quirófano híbrido”, que permite, por ejemplo, operar a un paciente con extracorpórea para repararle una válvula, y en el mismo acto, poner stent en sus coronarias a través de un catéter, algo imposible en estos momentos. Y propuse una experiencia similar a la que vi en el Freeman Hospital en “mi” hospital Virgen de la Victoria: donaciones privadas voluntarias. Lo mejor que conseguí como respuesta, fueron sonrisas irónicas, pocas. La mayoría insinuó que quería destruir la Sanidad Pública al reconocer que el hospital “no tenía de todo”. Parece que en un futuro cercano y 15 años después, podríamos tener ese “quirófano híbrido” que quise conseguir con la colaboración de “los dueños” y usuarios del hospital. ¿Cuántos pacientes se habrían beneficiado en estos años de haberlo conseguido entonces? ¿Cuántas vidas se habrían salvado en este tiempo?

Qué extraño suena en nuestro país, y yo diría en nuestra cultura, oír o leer que “lo público” es tuyo; compartido, eso sí, con todos los demás. Sí hemos oído, por desgracia, a responsables políticos declarando que “lo público no es de nadie”. Y esa desafección, tiene como consecuencia la exigencia permanente, que acaba por desbordar las posibilidades de nuestro presupuesto; y aún peor, la falta de cuidado de las instalaciones e incluso el expolio continuo de lo que hemos comprado entre todos. Era bochornosa la imagen, reproducida ampliamente este verano en las redes, donde se veían sábanas con el logotipo del Servicio Andaluz de Salud rodeando a una sombrilla en una playa a la vista de todos. Y más bochornoso aún, que el resto de los bañistas no rodearan al culpable exigiendo, como dueños que eran, la devolución de lo sustraído.

Creo que muchos españoles viven en la ilusión de que el dinero es ilimitado, y si se acaba, se suben los impuestos a las grandes empresas y se acaba el problema. Hace unos días me informaban que una histórica empresa española, con grandes ventas dentro y fuera de España, va a cerrar su última fábrica en nuestro país (llegó a tener más de 30) y traslada su producción, ampliando instalaciones, a otra que tenían en Portugal: los costes españoles no le permiten competir en el mercado internacional. Así que por muchas promesas que escuchemos, tengo la sensación de que hemos llegado (o superado) el límite de lo que puede recaudarse sin destruir nuestra economía. Y queremos seguir teniendo una sanidad excelente, sin limitaciones, gratis, sin copagos, con tecnología cada vez más sofisticada y medicamentos más eficaces, pero escandalosamente caros. ¿Cómo conseguir la utopía?

Es llamativa la respuesta de algunos “defensores de la Sanidad Pública” en respuesta a la generosa donación de tecnología de última generación por parte del Sr. Amancio Ortega. La mayoría de los grandes hospitales del mundo, lo son en parte porque fomentan estas donaciones. Si nos fijamos en las salas de entrada, suelen estar los nombres de los que han aportado generosamente fondos para nuevos quirófanos o nueva tecnología. A veces algunos pabellones llevan el nombre de los grandes benefactores. Y la mayoría lo hace, (vanidad aparte), para poder disponer de esos avances en caso de que ellos pudieran necesitarlos para su salud. ¿A quien perjudica esto?

Nuestra Sanidad Pública tiene serios problemas de supervivencia económica. En gran parte son fruto de su propia estructura totalmente ineficiente, tal como he expresado anteriormente en otros escritos. Pero la falta de imaginación y el inmovilismo permanente para cambiar la situación es quizás más alarmante. Acaba de pedirse en el Parlamento que se reviertan “los recortes en sanidad”. Pero no he leído cuál es el coste de esa medida, y aún menos de dónde sacaremos el dinero. El precio de los nuevos medicamentos no para de crecer hasta límites escandalosos: de 300.000 a 500.000 € de coste anual en algunos tratamientos. Y las farmacéuticas se defienden informando de los gastos medios de investigación invertidos para obtener un nuevo producto: 2.200 millones de dólares, que otros estudios reducen a la mitad; pero las cifras reales son desconocidas. Lo real es que esa inversión tienen que recuperarla antes del fin de la patente (entre 6 y 10 años en Europa) o generarían pérdidas y dejarían de invertir en nuevos medicamentos (algo que ya ocurrió hace más de 20 años con la investigación en nuevos antibióticos y ahora lo sufrimos con un aumento de infecciones sin tratamiento). Y estos antitumorales tan carísimos son los que están reduciendo progresivamente la mortalidad de muchos cánceres, prolongando la vida de los pacientes. ¿Podemos asumir el gasto? ¿A cualquier edad? ¿Sin copagos para los que puedan pagarlos?

Los países occidentales, incluido EEUU, están estudiando todos estos factores buscando soluciones técnicas, aceptadas por todos y lejos de la lucha política, porque NUNCA habrá dinero “para todo y para todos”.

Necesitamos que España deje de ignorar la realidad y se incorpore al debate. Necesitamos cuanto antes un “Pacto de Estado” que ponga nuevas bases a nuestro sistema sanitario, sin prejuicios ideológicos, buscando únicamente, sin demagogias populistas, que en el futuro TODOS los españoles podamos seguir teniendo garantizado el cuidado de nuestra salud. Al menos hasta donde podamos permitírnoslo. En Andalucía, solo hay que entrar en cualquier gran hospital público para ser conscientes de la urgencia con la que hay que acometer el tema. Este deterioro general está ya provocando movilizaciones populares. Pero la salud, (y aún más, la vida), es demasiado importante como para que además tengamos 17 (+ 2) soluciones (o no soluciones) distintas. Hasta entonces, bienvenidas sean las aportaciones a “nuestros” hospitales, vengan de donde vengan.

 

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