Restaurante Miguel: pasión, personalidad y modernidad - El Sol Digital
Restaurante Miguel: pasión, personalidad y modernidadMiguel en su restaurante

Restaurante Miguel: pasión, personalidad y modernidad

Hace 16 años que Miguel Marbán Rey abrió su negocio, en la Malagueta, en el que hoy fusiona la tradición de sus platos de “siempre” con su sello de identidad y la innovación que los clientes reclaman.

Brenda Saavedra.- Miguel conoció la pasión de su vida casi por casualidad. La frase “no hay mal que por bien no venga” le viene muy bien a su historia, y es que la ruina -literal- lo llevó a conocer su vocación: la hostelería. El restaurante Miguel está cerca de la plaza de toros de Málaga, un espacio reflejo de su personalidad donde cada día recibe clientes que lo eligen por la cercanía y la calidad de sus platos. Natural de Valladolid, aunque llegó a Málaga hace 30 años no fue hasta hace 16 cuando tomó la decisión de abrir su propio negocio, el mismo que le ha dado dolores de cabeza y alegrías, pero que al final compensa tanto que se sigue manteniendo al pie del cañón con el amor al arte más sincero del mundo. Ahora está en medio de un proyecto de fusión entre lo clásico que lo caracteriza y la modernidad que reclaman los que atraviesan su puerta, porque escuchar a los que degustan sus platos es el pan suyo de cada día, tanto como hacerlos sentir como en casa.

Restaurante Miguel es su hogar, su despertar y acostar. Cuando habla de la primera piedra que levantó para darle vida o de su forma de atender las mesas cada jornada, un brillo especial inunda sus ojos. “El restaurante es yo y yo soy el restaurante”, asegura sin ninguna duda y con cariño inmenso en cada palabra. Aun así, sus inicios no fueron en este local y todo lo que sabe de hostelería lo aprendió observando a sus suegros María y Tito. Cuando llegó a Málaga después de una mala experiencia económica en Tenerife, donde se dedicaba al mundo de la construcción, empezar de cero se convirtió en su objetivo principal junto a su mujer. Como los padres de ella estaban establecidos en la ciudad malagueña, poco dudaron a la hora de hacer las maletas y aterrizar junto a ellos. “Nunca había hecho nada de hostelería, pero me dediqué a ello aquí y aprendí”, señala el propietario.

No fue fácil. Hubo tantas caídas como triunfos, pero no se quedó en el suelo y decidió hacer de cada golpe -y también de cada caricia- un aprendizaje para progresar y llegar a ser quién es. Así, casi por casualidad, conoció la pasión tan grande que lo une a esta profesión que mima todos los días de su vida, a pesar de las adversidades, de las luchas para seguir y de ser consciente de que hay temporadas en las que se pierde más de lo que se gana. Pero compensa y él lo tiene claro, “si no, no estaría aquí”, afirma, después de 16 años en los que siempre ha buscado estar cómodo y tranquilo con su empresa, lejos de ampliaciones o querer hacerse rico con esto. Lo ve como una forma de vida que, a su vez, le da el aliento cada mañana.

Tiene suerte. Su compañera vital entiende su dedicación mejor que nadie y él lo valora mucho, porque echarle tantas horas todo el año no es comprensible para la mayoría. Ahora, juntos, llevan de la mano su segunda casa, en la que son partícipes de las historias de cada uno de los que entran para probar los platos que hace un equipo que, ante todo, “son personas”, porque este es el primer requisito para trabajar con Miguel. “Me vienen con currículums muy buenos, pero lo que yo busco es calidad humana y si la tengo soy feliz”, cuenta mientras hace hincapié en que es uno de los aprendizajes que ha adquirido con el paso de los años y con la experiencia en este sector en el que cree que el entusiasmo, las ganas de aprender y la ilusión no pueden faltar para darle al cliente lo mejor. “Es necesario para funcionar”, resalta.

Miguel es de los que se sienta en la mesa de sus comensales para tomarles la comanda, de forma literal. Asegura que su suegro Tito era un “personaje” y que parte de la personalidad que tiene hoy en su trabajo la aprendió de él. No establece esta cercanía de manera sobreactuada o forzada, sino que una de las principales satisfacciones que le da su oficio es la relación con “tanta variedad de gente”. “Por un momento formas parte de sus vidas y es algo que me gusta mucho”, relata con ese brillo especial de nuevo, no sólo en su mirada, sino en todo su rostro. Este empresario enamorado de lo que hace se esfuerza para que sus clientes sientan que han elegido el lugar correcto y se queden con ganas de volver. Así, se encarga de personalizar cada mesa y explica que “aunque pidan los mismos platos, hago que la exposición en cada una sea diferente y nada sea igual”. Además, garantiza que les cuenta todo lo que tiene pero no intenta vender nada, ya que “aquí cada uno decide lo que quiere comer”.

En total, diez mesas para seis empleados -tres fuera y el resto dentro, en la cocina-. Después de tantos años, este restaurante goza de clientes habituales y Miguel afirma que el 90 por ciento de los que acuden a degustar su comida nunca piden la carta. “La tenemos y se la damos a quien la quiera, pero la mayoría no la necesita”, agrega con satisfacción, sobre todo al mirar atrás y ver lo que ha logrado a pesar de lo que le ha costado, “porque mi vida está aquí”, destaca. Y aunque él sea el dueño, asevera que los jefes son sus empleados, porque, al final, el resultado es un trabajo creado entre todos.

En la actualidad, ha iniciado un proyecto dentro de su filosofía de estar “en continua creación” y, junto a su equipo, ha dado vida a nueve platos nuevos. “El estilo es el mismo, seguimos haciendo lo de siempre, pero los desarrollamos más modernos con elementos atractivos, algo que no es fácil, ya que siempre mantenemos nuestro sello”, explica mientras da a conocer su alegría por la gran aceptación que están teniendo. “Hemos introducido productos nuevos o, con los mismos de siempre, creado cosas diferentes”, añade sin olvidar mencionar que “todos están paridos con la misma ilusión” y que “están gustando mucho”. Entre ellos, la vuelta al plato de los bogavantes o la sorpresa ante la demanda que está teniendo -sin que en un principio tuvieran tan clara su aceptación- la sopa de crema de topinambur con cecina y níscalos. Así, cuenta que esta última “no es fácil de elaborar”, ya que sólo pelar una caja de topinambur -un tipo de raíz- entre dos personas “lleva dos horas”. Pese a ello, es reconfortante “no esperar mucho, por los sabores diferentes que presenta, y que haya sido y sea un exitazo”, manifiesta con una curva ascendente cada vez más grande en su cara.

Este amante de su profesión conoce de primera mano lo que es estar subido en una montaña rusa constante, resultado de llevar un negocio y, sobre todo, después de experimentar una situación económica de crisis, pero jamás se ha rendido y lucha por mantener el que ha sido -y hoy sigue siendo- su sueño. Sin duda, es un ejemplo de que la fusión de trabajo duro con dedicación, amor al arte e ilusión da muy buenos resultados y que siempre se encuentra la forma de salir adelante. Su único deseo de cara al futuro es que el negocio siga funcionando y que éste sea capaz de mantenerlos a él y a su equipo para continuar con lo que más le gusta hacer.

No ha sido fácil y, probablemente, como en la mayoría de negocios, ha habido años que son para olvidar. La ruina fue la que lo llevó a la fortuna de descubrir su vocación, y su optimismo unido a las ganas de seguir sumando años en Restaurante Miguel y, sobre todo, la experiencia que lo acompaña lo llevan a confiar plenamente en que “a veces perder no es perder, sino ganar”.

 

Deja un comentario

El email no será público.