Torremolinos: Regreso al futuro (I)

Torremolinos: Regreso al futuro (I)

Conferencia dada por Salvador Moreno Peralta, arquitecto urbanista y miembro de ASETHAN, en el Hotel Cervantes el 27 de octubre de 2015

El oxímoron con el que encabezo estas palabras obedece a una regla que aprendí de mis amigos periodistas. El contenido de un texto puede resultar pesado pero, al menos, el título tiene que llamar la atención, porque de lo contrario ya tenemos la batalla perdida de antemano. En este caso, además, coincide con el trigésimo aniversario de la famosa película filmada en 1985 por Robert Zemeckis de la que todo el mundo habla, entre otras cosas para comparar cuántas de las predicciones de aquel film se han verificado y cuántas no. Por nuestra parte, se cumple el vigésimo aniversario de la redacción del Plan Futures de Torremolinos, redactado por un servidor de ustedes junto con el director del Palacio de Congresos y experto hotelero Luis Callejón y el economista Vicente Granados. Este Plan Futures, pionero en España, se encuadraba dentro del Plan DIA (Plan Integral del Turismo de Andalucía 1991-1994) y trataba sobre la regeneración de los municipios turísticos saturados, partiendo de la constatación de un hecho: en la corta pero intensa vida del turismo de masas en España había muchos municipios que habían constreñido su ciclo vital a una veintena de años. En ese período de tiempo el municipio se pone en el mapa, se desarrolla, crece, disfruta de unos años de esplendor, se hipertrofia, se satura, pierde competitividad, desaparece de los mercados y languidece, con lo cual, y por primera vez en el urbanismo, nos encontramos ante la necesidad de rehabilitar y revitalizar, no ya los centros históricos, sino los no históricos, los centros modernos, los que en el lapso de una generación hemos visto nacer, crecer y morir, y de cuya degradación somos nosotros responsables. En nuestro caso este “regreso al futuro” nos ha servido para comprobar cuántas de las predicciones sobre Torremolinos se han cumplido, cuantas podrían haber quedado obsoletas y, lamentablemente, cuántas de ellas se abortaron deliberadamente, a pesar de estar sustentadas en un Plan Municipal de Competitividad y estar regidas por un Consorcio en el que participaba una amplia representación de los sectores turísticos del municipio.

Ya en 1994 podíamos constatar un hecho incontrovertible: que en muchos municipios turísticos- Torremolinos entre ellos- la oferta no se correspondía con las nuevas tendencias de la demanda. Y esto es algo que nos debe hacer reflexionar. La oferta de sol y playa es, evidentemente, muy poderosa, pero no exclusiva: hay muchos lugares en el mundo- y especialmente en el Mediterráneo- fuertemente competitivos, en los que a esta oferta se le extrae un alto rendimiento. Pero salvo que, aparte de esta oferta un lugar atesore otra muy potente y singular como para “imponer” y condicionar siempre a la demanda-ya sean unas excepcionales condiciones naturales, paisajísticas o culturales- el resto de las ofertas han estado siempre en gran medida al albur de las veleidosas tendencias de la demanda. Digo esto precisamente en defensa de Torremolinos, cuando se le critica por comparación con otros lugares más “glamourosos”. Torremolinos, desde su origen como lugar emblemático del turismo internacional, cuyo despegue podemos situar en 1959 con la construcción del Hotel Pez Espada, siempre ha estado respondiendo a las exigencias de factores exógenos: primero sirvió para captar divisas en el marco del Plan de Estabilización con el que salir de la Autarquía, al tiempo de limpiar la magen del régimen ofreciendo su cara más abierta y cosmopolita, construyendo hoteles y apartamentos en altura- “a la americana”- cuando esa era la moda, o “pueblos andaluces”, cuando la demanda decidió que lo anterior no se llevaba, luego viviendas adosadas, espacios de ocio y diversión para la población malagueña…y así, respondiendo siempre a lo que le pidieron, Torremolinos quedó varada en su saturación y su obsolescencia, momento en el que otros municipios tomaron el relevo de la calidad. Siempre quiero hacer esta precisión porque no me parece justo denigrar por sistema a Torremolinos como si la dejáramos tirada en la cuneta después de haberle exprimido todo su jugo.
Ahora bien, eso no nos impide reconocer que Torremolinos – y no sólo Torremolinos- con su inequívoco y paulatino declive si lo comparamos con sus momentos de esplendor, ya no es capaz de atender las nuevas exigencias turísticas salvo que nos contentemos con una demanda que requiera con cierta desfachatez, no ya de un producto “bueno, bonito y barato”, sino, simplemente barato. Para eso ya está Magaluf. Podemos medir el éxito de un municipio turístico por el número de turistas, pernoctaciones o visitantes, pero este parámetro por sí sólo es engañoso, porque una demanda barata e incívica de bajo poder adquisitivo y poco exigente con las condiciones naturales o urbanas del destino, no sólo deja muy poco valor añadido, sino que destroza para mucho tiempo la IMAGEN de ese destino, y ya sabemos que es más fácil cambiar las cosas que la imagen que otros se han hecho de ellas. En un panorama tan fuertemente competitivo como el de las ciudades eminentemente turísticas, existe una geografía de la excelencia y una geografía de la degradación. Creo que no sería difícil para ninguno de los aquí presentes situar las diversas ciudades turísticas de España- y de nuestra costa- en la categoría que le corresponde, tanto en términos objetivos como en el modo con el que son percibidas.
Torremolinos no está muerto, sino en el irreversible final de un ciclo. Si algo cabe reprocharle al municipio es no haberse dado cuenta de que ese ciclo terminó hace veinte años, y ha estado viviendo ensimismado, intentando competir en un mundo que ya no era el suyo. Si algún sentido tiene hablar en Torremolinos de un Regreso al futuro es, precisamente, por extraer de sus inicios y de su corto pero esplendoroso pasado aquellos atributos de modernidad que le permitieron ejercer su emblemático liderazgo. Pero se trata de reencontrarse con ese espíritu, el de los primeros hoteles que eran pequeñas joyas de la arquitectura racionalista, como el Pez Espada, el Carihuela Palace o el Castillo de Santa Clara, el Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, el Sanatorio Marítimo, el bazar Aladino, el conjunto de La Nogalera, el Eurosol o el Palacio de Congresos, el Torremolinos chispeante del bar Pedro’s o el VIP en la Plaza de Andalucía, el de las salas de fiesta como El Remo o El Mañana, restaurantes como Chez Lucien o el primer Frutos, el de los pasajes del pecado mortal como el de Begoña o la calle Cauce… se trata de reencontrase con ese espíritu, no inventar un Torremolinos de cartón piedra con una estética “kitsh” que nadie compra y que no responde a una demanda regeneradora, sino al anclaje en un extravagante pasado que nunca existió.
Pero digo esto y ni yo mismo soy consciente de que, aunque intente disimularlo, me embarga una nostalgia por lo que fue y pudo haber sido, lo que es un doble error. En primer lugar, la nostalgia sólo sirve para refocilarse en ella de una manera malsana, bloqueando los proyectos de futuro, y a una ciudad se la juzga, más que por su presente, por cómo son sus proyectos de futuro. Y en segundo lugar porque tampoco somos conscientes de que ya quedamos menos a los que les puedan entrar esos ataques de nostalgia, pues se trata de un Torremolinos que la mayoría de los que hoy son jóvenes adultos no conoció. Por lo tanto, he aquí otro hecho incontrovertible: Torremolinos será lo que quiera que sea una generación de gente joven con ideas nuevas, pero se equivocarían si pensaran que, como Adán, son los primeros habitantes de la Tierra y todo hay que hacerlo ex-novo. (Mi inolvidable amigo el alcalde de Málaga Pedro Aparicio, decía que una ciudad es el sumatorio de lo que aportaron a ella todos los alcaldes que le precedieron, con sus luces y sus sombras, sin descalificar a ninguno). Torremolinos nunca ha dejado de atesorar una gran cantidad de recursos en condiciones más ventajosas incluso que otros municipios costeros. Lo único que tiene que hacer es identificarlos primero, mirarlos con ojos nuevos después y, finalmente, transformarlos en proyectos viables, tangibles, actuales, que respondan ahora a lo que respondió en su momento, es decir, a las formas de vida cosmopolitas y rabiosamente modernas de su etapa de esplendor…pero con la modernidad de hoy, no con la naftalina del programa “Cine de Barrio”.

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