Un héroe incómodo - El Sol Digital

Un héroe incómodo

Gonzalo Guijarro

 

Varias cosas llaman poderosamente la atención en el tratamiento que las instituciones y los medios de comunicación han dado al lamentable asunto del profesor asesinado por un alumno en el IES Joan Fuster de Barcelona. Una es la rapidez con que la Generalidad de Cataluña decidió que el alumno había sufrido un brote psicótico, sin necesidad de estudio clínico alguno y pese a que esos casos de ruptura temporal con la realidad sean extremadamente infrecuentes antes de los dieciséis años. Otra, la rapidez con que los medios de comunicación han dado carpetazo al asunto. En un tiempo record, los medios han recogido la noticia, han declarado héroe al profesor asesinado, nos han dicho que sus padres están destrozados pero no les han dado voz y, en cambio, han cedido la palabra a los políticos, algunos de los cuales nos han informado -sin el menor rubor- de que la víctima es el asesino y de que la ley del menor no se va a cambiar. Y asunto concluido.

 

La verdad, no parece un tratamiento suficiente para una noticia de este calibre, que pone de manifiesto las trágicas consecuencias de una legislación demagógica e hipócritamente buenista. ¿Tendrá algo que ver ese tratamiento oscurantista con el hecho de que la prensa está subvencionada con dinero público por el poder político? Porque, desde luego, al héroe del IES Joan Fuster se le ha negado lo que sí se les ha concedido a otros. Por ejemplo, al cabo Francisco Javier Soria Toledo, muerto por fuego amigo en Líbano a finales de enero, de cuya familia hemos sabido que ha solicitado a la Audiencia Nacional que investigue a Israel, pese a que el gobierno de ese país ya ha reconocido su responsabilidad y prometido una indemnización. Por el contrario, nada sabemos de las posibles querellas interpuestas por la familia de Abel Martínez Oliva contra los padres del treceañero o contra los responsables del centro o la administración educativa. Ni tampoco sabemos nada de si las otras personas a las que hirió el alumno han reclamado judicialmente una indemnización. ¿A qué se deberá ese manto de silencio?

 

Otro estruendoso silencio es el de los sindicatos, que han pasado de puntillas sobre un asunto que les atañe directamente. Un trabajador ha sido asesinado mientras realizaba su trabajo y, aunque el crimen va a quedar impune gracias a la ley del menor, ni han convocado manifestaciones callejeras ni huelgas. Por no hacer, no han hecho ni declaraciones públicas al respecto.

 

Y otro tanto puede decirse de los propios profesores, que parecen haber aceptado el suceso como una más de las continuas humillaciones y agresiones de que son objeto. Se conoce que ya se han resignado a ser tratados laboralmente como muñecos del pin, pan, pun.

 

En resumen, el profesor Abel Martínez Oliva ha sido declarado héroe. No sé si héroe de la enseñanza o de qué. Pero es, desde luego, un héroe que les resulta incómodo a los que han decidido darle ese título. Lo han declarado héroe para no tener que hablar más de él ni de la ya larguísima serie de normas y leyes perversas que están en el origen de este trágico asunto. Lo han declarado héroe en nombre de la corrección política y para que lo olvidemos lo más rápido posible. Para que se olvide el asunto.

 

Por desgracia, lo más probable es que, de momento, el poder político se salga con la suya y el asunto no vuelva a aparecer más en los medios de comunicación y la Ley del Menor siga como está. Pero yo me pregunto si a largo plazo este desgraciado asunto no volverá a estar de actualidad como un precedente de algo todavía más terrible. Porque la muerte de este profesor a manos de un treceañero es la constatación empírica de que los menores de catorce años pueden matar con impunidad. Y no es ningún disparate pensar que algunos de esos que pretenden imponer sus creencias o sus ideas mediante el terror y la violencia ya habrán tomado buena nota de ello. Ójala me equivoque, pero ¿creen ustedes que les resultaría muy difícil encontrar o formar a un fanático de menos de catorce años de edad? Nuestros políticos, al parecer, lo consideran imposible. O incómodo. Tan incómodo como el héroe que acaban de fabricar.

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