¿Y si a la enfermedad la estamos llamando salud?, por Emilio José Triviño Triviño. Miembro del Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional - El Sol Digital

¿Y si a la enfermedad la estamos llamando salud?, por Emilio José Triviño Triviño. Miembro del Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional

Cumpliendo con mi compromiso, hoy voy a tratar de explicar por qué no hay representación política de la sociedad española en sus instituciones. Como les anticipé en mi anterior artículo, la representación política es una de las dos condiciones fundamentales de la democracia formal. También podríamos llamarla democracia representativa para diferenciarla de la llamada democracia directa o asamblearia, las cuales son de imposible aplicación práctica en nuestra sociedad. Véase, respecto a esta última, la embarazosa situación en la que se encuentra el partido político “Podemos” para justificar su actual postura en el Sistema de Partidos. Es decir, si antes de que ellos entraran en esas instituciones, su lema era “No nos representan”; ¿qué ha cambiado ahora, para pensar que sí lo estamos?, no, lo cierto es que seguimos sin estar representados.

Pero vayamos al meollo de la cuestión. Establece el artículo 6 de la llamada Constitución española, lo siguiente: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”.

Este precepto es clave para el Sistema oligárquico. Con él, excluyen cualquier otro factor de representación política que no sea un partido político y, en consecuencia, son ellos los que expresen la voluntad de la Nación. De tal suerte que esos partidos serán los responsables de elegir a quienes nos gobiernan (poder ejecutivo), a quienes nos legislan (poder legislativo), y por último, a quienes nos juzgan, miembros del Tribunal Constitucional y del órgano de gobierno de los jueces (donde reside el llamado poder judicial). Vamos, que son omnipotentes.

Astutamente, el citado precepto acaba imponiéndoles un deber, “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Lo considero mera astucia cosmética, porque doy por sentado que aquellos hombres redactores de la Carta Magna (otorgada) sabían que el funcionamiento de los partidos de masas, como son los actuales, no pueden estar sujetos ni a una estructura, ni a un funcionamiento interno democrático. Esa imposibilidad quedó ya demostrada con la Ley de hierro de las oligarquías de Robert Michels (publicada en su obra, Los partidos políticos, año 1911).

Por el contrario, la evidencia diaria demuestra que el funcionamiento de los partidos políticos está férreamente dirigido por una cúpula preocupada por permanecer en el poder y de acabar con cualquier amenaza interna mediante la depuración de aquellos que intenten favorecer un cambio de la dirección del partido. Lo que quiero decir con esto es que los partidos políticos carecen de una estructura democrática y, en consecuencia, la formación de sus listas electorales son cosa de sus dirigentes, y por tanto, cada una de las personas que se encartan en esas listas se deben a ellos, como es natural, y no a los supuestos electores. La consecuencia de esto es que los intereses de la clase gobernante son distintos a los de la clase gobernada, y por lo tanto están en conflicto, conflicto que siempre se resuelve a favor del poder oligárquico quedando en un segundo plano los intereses nacionales.

Explicada la ausencia de representación de la sociedad civil, otra de las consecuencias más aberrantes de este sistema proporcional de listas, abiertas o cerradas, es la corrupción sistémica. Tal y como don Antonio García-Trevijano viene denunciando desde hace años, la corrupción es un factor de gobierno, pues anida en la propia lucha por alcanzar los poderes del Estado. Es probable que muchos de los que militan en estos partidos político no sean totalmente conscientes de esto, puesto que se ha convertido en un fenómeno casi cultural, pero lo cierto es que la financiación ilegal de los partidos está muy ligada a los casos de corrupción de los políticos, dándose un doble enriquecimiento ilícito, el personal, y el más grave, el del propio partido, ya que además de participar en la corrupción, ésta le permite en muchos casos entrar o mantenerse en las instituciones públicas. En conclusión, el poder político lo detentan los partidos políticos y no la sociedad civil.

Entonces, ¿cómo se consigue la representación política de la sociedad en el poder legislativo? Muy sencillo, mediante la creación de los distritos electorales uninominales, es decir, lo que viene haciéndose desde la Revolución de 1688 en Inglaterra y actualmente en el Reino Unido. También adoptan este sistema, Francia y los Estados Unidos. Otra cualidad que tiene este sistema, además de representar la decisión política mayoritaria del distrito electoral, es el control directo que ejercen los electores sobre el diputado elegido, provocando así la llamada reacción anticipada del diputado (1), de tal modo que su actuación procurará ser leal a aquellos para intentar ser reelegido, o incluso evitar la revocación de su mandato en caso de pérdida de la confianza. Quedando, en este caso, en un segundo plano el interés del partido político del diputado.

Sé que todo esto que les estoy contando resulta árido, sin embargo, saber que este principio de representación junto al principio de separación de poderes son los dos fundamentos esenciales de la democracia representativa es vital para poder iniciar el verdadero camino hacia la Libertad política colectiva y a su vez para poder acabar con la corrupción sistémica.

Si no nos formamos en el pensamiento político, si no ganamos la suficiente hegemonía cultural en España para vencer todas estas falacias, el empobrecimiento moral, intelectual y económico de nuestra sociedad está asegurado.

Por ejemplo, el pasado sábado, 29 de abril, empecé a leer esperanzadamente una noticia en el diario digital El Confidencial que empezaba así: Este sábado, el Spain Caucus de la Kennedy School de Harvard, la Escuela de Gobierno que imparte programas de posgrado para entrenar líderes públicos y encontrar soluciones a los desafíos de política pública, presentará la así llamada ‘declaración de Cambridge por la ciencia’. Se trata de un decálogo que aboga por un cambio de modelo productivo en nuestro país que se base en la ciencia y la investigación y no en el cortoplacismo del sector inmobiliario y el turismo. (…)”. Sin embargo, esa esperanza primera acabó trocándose en desesperanza, puesto que la noticia acababa así: “(…) No se trata de una revolución a corto plazo, aclaran, sino que las prioridades estratégicas del país tienen que ser a largo. Se necesitan, concluyen, “políticas de país”, que estén por encima del “sistema político y de gobierno”.

Ir a Harvard para decir estas cosas es una pena. Primero, porque política solo hay una, la del gobierno de turno. Segundo, porque por encima del “sistema político y de gobierno” no hay nada más en términos políticos, salvo que queramos entrar en el campo de lo esotérico, pero no parece lo propio de esa Universidad.

Sin embargo, lo que sí es propio de la cultura de Harvard, son las palabras de uno de los juristas más eminentes que se han formado allí. Me refiero, a don Louis Dembitz Brandeis, quien enseñó, en palabras de uno de sus biógrafos (2), que: “La democracia, no es fácil, y por ello, para trabajar, para continuar apoyando un clima de libertad, las personas tienen que hacer el duro trabajo de aprender, de debatir, y tomar decisiones bien fundamentadas. Esa lección, tal y como él entendió correctamente, tiene que ser enseñada de nuevo a cada generación.”.

Como es evidente, a nosotros nos queda mucho camino por recorrer, pero lo más importante ya lo tenemos, sabemos cuál es el diagnóstico de nuestra enfermedad. La sociedad civil no está representada en las instituciones y no hay separación de poderes. El único tratamiento posible, según nos enseña la historia y el pensamiento político, es la democracia formal, y ya hay un movimiento que aspira a ello en España, es el Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional.

        (1) Véase en “Teoría Pura de la Democracia”, Antonio García-Trevijano, 1ª edición, 2016, Editorial            MCRC, página 29.

       (2)Véase en “Louis D. Brandeis. A Life”, Melvin I. Urofsky, Pantheon E Books. edición digital, página           1.429.

2 thoughts on “¿Y si a la enfermedad la estamos llamando salud?, por Emilio José Triviño Triviño. Miembro del Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional”

javitang

5 mayo , 2017

Gran artículo, de fácil comprensión, que explica muy bien como los partidos políticos estatales se han apoderado del "Estado" para saquear la nación, a la que tienen doblegada con falacias sobre lo que es o debería ser una democracia. Enhorabuena

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Giuseppe Pinelli

4 mayo , 2017

¡¡NO QUIERO VOTAR PERSONAS JURIDICAS;QUIERO ELEGIR A PERSONAS FISICAS!!

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