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Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “Zaragoza”: el sexto libro de la primera serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

Gabriel Araceli escapa de la cuerda de presos que le lleva al destierro y, con su amigo don Roque, llega a Zaragoza. Esta ciudad ha sufrido ya algunos cercos sangrientos, pero los franceses aún no la han podido tomar. Don Roque conoce allí a un hombre de bien, típico aragonés, honrado y algo brusco, pero de noble corazón y hospitalario. Se llama don Juan Montoria y tiene dos hijos, el menor de los cuales, Agustín, se hará gran amigo de Gabriel. Dado el sistema de primogenitura, este muchacho de grandes dotes culturales está destinado al sacerdocio. Montoria y su familia los reciben con gran cariño y pronto son alistados. Gabriel y Agustín van juntos. Comienza un nuevo sitio. Las fuerzas que defienden la ciudad las manda el general Palafox, al que describe Galdós como agraciado y no muy inteligente, pero bien asesorado por otros generales y algún clérigo. La defensa que comienza, al igual que las anteriores, es heroica, como bien se conoce por la Historia, y, aunque ya las proezas de Agustina de Aragón han sucedido en el anterior cerco, ahora destaca otra mujer, Manuela Sancho, y también otros patriotas como Pirli; y, en general, todos los defensores, que mueren a millares tanto por las balas como por el hambre, las explosiones y las epidemias. Gabriel es ascendido a sargento y más tarde a alférez y, aunque es herido, sólo lo es levemente, no impidiéndole la defensa en ningún momento. Agustín, cuya vocación no existe más que en la imaginación de su padre, se ha enamorado de Mariquilla, hija única de un avaro, Jerónimo Candiola que, además de no colaborar en la defensa, no da nada para el alimento de la misma, y, cuando le van a comprar su harina, quiere hacer un gran negocio, lo que suscita las iras de Montoria, que le maltrata. Mariquilla no sabe que es el padre de Agustín y tampoco Montoria conoce sus relaciones. El avaro sufre penalidades sin cuento, sobre todo por perder sus bienes y los recibos de los préstamos, y, además, porque se le mueren los deudores en las refriegas. Al final, traiciona a sus conciudadanos y dice a los franceses por donde pueden entrar, para poner una carga con objeto de hacer explotar un lugar, lo que casi da el triunfo a los enemigos. Como consecuencia es condenado a ser fusilado y debe mandar el pelotón el mismo Agustín, pero éste se niega y debe hacerlo Gabriel. Mariquilla muere de pena y la entierran entre Gabriel, Agustín muy avejentado y que se va a un convento, y su padre, que ha perdido a su hijo primogénito y a su nieto y, además, ha sido herido. La ciudad es defendida casa por casa y rincón por rincón, y, cuando se rinde, ya es sólo un montón de escombros y se han perdido más de cincuenta mil personas. Tras la rendición, los franceses asesinan a algunos jefes, aunque en general dejan salir a las tropas. Gabriel se marcha de la ciudad, otra vez en compañía de Don Roque.

 

En este episodio, Galdós se centra preferentemente en los hechos históricos puntuales de la heroica defensa de la ciudad, más allá de toda lógica y casi, o sin casi, rayando en la locura colectiva, pues era un sacrificio inútil esa resistencia a ultranza contra un enemigo que tenía todas las de ganar al final, aunque también perdiera muchas vidas. Por boca de algunos personajes se pone en duda, tal vez siendo el pensamiento mismo de Galdós, si de verdad ese loco patriotismo tenía sentido y si merecía la pena el sacrificio de tantas vidas para no conseguir apenas nada. De todas formas, los relatos heroicos abundan, y las descripciones de los hechos de armas son prolijas y detalladas. Se descuida la parte novelesca en favor de la histórica. Nada se dice de Inés, pues no está en la ciudad y ésta se encuentra sitiada, con lo que no hay comunicación con el exterior, y Gabriel, que llega ya a oficial, se porta como un buen soldado, aunque sus acciones son como las de los demás. La historia de ficción se centra más en los amores de Agustín con Mariquilla y en el personaje del padre, Candiola, otra figura del avaro extremado que tan bien pinta Galdós, y que, cuando todo el mundo está dando la vida sin importarle, él está preocupado sólo de su miserable hacienda y de los pequeños objetos que apenas valen. Su hija, que lo idolatra, aunque no es como él, tiene a veces formas de expresarse y reacciones que se asemejan a las de su padre. Sin embargo, ella es desprendida y buena cristiana. Otro personaje destacable es don Juan Montoria, del que ya dijimos algo, y que, además de todo ello, es un patriota exaltado, que prefiere la muerte de sus hijos antes que la rendición, si bien llora por su primogénito y su nieto, pero inmediatamente se lanza de nuevo al combate. Es rudo y mal hablado, como buen aragonés, pero también generoso, buen cristiano y algo mandón, defecto típico de los padres de la época y de las subsiguientes. Es éste, pues, un episodio épico bien narrado y menos distraído, tal vez a causa de la minuciosidad, que los precedentes.

La Deriva

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