A la horca: persecución religiosa inglesa. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad - El Sol Digital
A la horca: persecución religiosa inglesa. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

A la horca: persecución religiosa inglesa. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

La presencia de la Iglesia católica en Inglaterra y Gales se data ya en el siglo I. Más tarde, en el siglo VI, la Iglesia se unió judicialmente a la Sede Apostólica de Roma, cuando Gregorio el Grande, a través de su misionero benedictino y romano, Agustín de Canterbury, estableció un vínculo directo desde el Reino de Kent a la Santa Sede en el año 597 dC.

En el censo del Reino Unido de 2009, se fijaron los datos de que el 9.6 por ciento, o 5,2 millones de personas, de todas las etnias eran católicos en Inglaterra y Gales. Cien años antes, en 1901, representaban solo el 4.2% de la población.

Durante el reinado del rey Enrique VIII, la iglesia, se independizó de la Santa Sede por un período como iglesia nacional y este monarca se declaró Jefe Supremo.​ Esta violación fue en respuesta a la negativa del Papa a anular el matrimonio con Catalina de Aragón.

En 1534 con el Acta de Supremacía, Enrique VIII se proclamó jefe absoluto y único de la Iglesia de Inglaterra, y dueño de sus propiedades y rentas.

La Ley de la Sede de Roma de 1536 impuso la separación de Roma, mientras que la Peregrinación de Gracia de 1536 y la Rebelión de Bigod de 1537, los levantamientos en el Norte contra los cambios religiosos, fueron reprimidos con sangre.

Obsérvese que la palabra «anglicano» alude directamente a Inglaterra (es el gentilicio latino) y no tiene nada que ver con la fe. La nueva iglesia es una reacción nacionalista que vincule el cisma con el patriotismo.

Enrique VIII participó en una disolución a gran escala de los monasterios, prioratos, conventos y frailes en Inglaterra, Gales e Irlanda, y fueron vendidos, principalmente, para pagar las guerras. Había casi 900 casas religiosas, alrededor de 12.000 personas en total, 4.000 monjes, 3.000 cánones, 3.000 frailes y 2.000 monjas.

Son famosos los casos de Tomás Moro y Juan Fisher, obispo de Rochester, que fueron ejecutados en 1535. Enrique VIII aprovechó la ocasión para librarse de la última descendiente de la familia real Plantagenet.

En la Historia no hay nada más incorrecto que aseverar que la Reforma Protestante fue un movimiento a favor de la libertad intelectual. Para los luteranos y calvinistas, es cierto, representó su libertad de conciencia, pero supuso la eliminación completa de la Iglesia Católica.

Cuando Enrique VIII comenzó su persecución, había unos mil monjes dominicos en Irlanda, solo cuatro sobrevivieron cuando Elizabeth llegó al trono treinta años después.

En un acta firmada por los comisionados del Parlamento de Inglaterra, decretaron que cada “sacerdote romano” debería “ser colgado, decapitado, descuartizado, sacarle las entrañas y quemarlas, así como colocar su cabeza sobre un poste en un lugar público”.

En esta época empieza el envío de colonos anglicanos, previa confiscación de tierras, a las zonas más problemáticas. En 1594 se produce un nuevo levantamiento y España envía tropas y ayuda a los irlandeses, pero los católicos son derrotados en la batalla de Kinsale (1602).

Desde 1695 estuvo vigente la Ley Popery, que prohibía a los irlandeses católicos ejercer cargos públicos y formar parte de la Administración, ingresar en el Ejército, poseer tierras y educar a sus hijos en la fe católica.

Tras María Tudor llegaría Isabel I al trono, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, que restableció inmediatamente la separación de Roma y decretó persecución definitiva contra todo el que se negara a aceptar la nueva iglesia.

Su legitimidad dependía absolutamente del anglicanismo, porque si la boda de sus padres no era legítima, ella era bastarda y no tenía derecho a heredar. De manera que necesitaba tanto a la nueva iglesia para que confirmase su legalidad como la nueva iglesia la necesitaba a ella.

Las primeras migraciones hacia América desde Inglaterra las protagonizaron fugitivos. En 1570 el Papa Pío V redacta la bula Regnans in Excelsis declarando a Isabel herética.

En 1585 el Parlamento de Londres dio cuarenta días de plazo para que los últimos sacerdotes católicos abandonaran el país. Se prohíbe la misa católica pública y privadamente. A partir de esta fecha ser sacerdote católico se condena con la pena de muerte. También se considera traición acoger, proteger o alimentar a los sacerdotes.

Tras el fracaso de la Gran Armada de Felipe II, la persecución se recrudeció con la Real Proclamación contra los Católicos de 18 de octubre de 1591. Aquí se ordena un estricto control individual y que se han de consignar en los libros de vigilancia todos los movimientos de vecinos, conocidos y parientes, de viajeros y cualquier persona. Es un sistema vecinal de espionaje y delación.

De esta manera, calle por calle y casa por casa, los católicos fueron barridos de la faz de Inglaterra. En diez años, los que van desde 1559 a 1569, la represión isabelina mandó matar a unos 800 católicos. A ellos hay que unir unos 160 sacerdotes.

William Cobbet, autor protestante, afirma en su History of the Protestant Reformation in England and Ireland que la reina Isabel provocó ella sola más muertes que la Inquisición en toda su historia.

A la maquinaria represiva puesta en marcha por Isabel I, se unió un aparato propagandístico que convenció al mundo occidental de que los anglicanos eran grandes defensores de la libertad de conciencia y la tolerancia religiosa, mientras que los católicos, con su atroz Inquisición al frente, eran la encarnación misma de la falta de libertad, la intolerancia, el atraso y la barbarie.

A comienzos de la nueva centuria, en 1605, se acusó a los católicos de conspirar con el propósito de volar el Parlamento inglés. Este hecho, conocido como la Conspiración de la Pólvora, dio lugar a nuevas persecuciones y el número de muertos siguió creciendo.

En la segunda mitad del siglo XVII se consolida el cuerpo de leyes que se conoce como Clarendon Code, encaminado a evitar toda forma de disidencia religiosa tanto católica como protestante, e incluye graves restricciones a la libertad de expresión, al derecho de reunión, participación en la vida social y vecinal.

El gran incendio de Londres de 1666 fue culpado a los católicos. De nuevo en 1780 se desató otra oleada de anticatolicismo en lo que se conoce como los Disturbios de Gordon. Los tumultos llevaron a la muerte a unas 700 personas, sospechosas de catolicismo o de tolerancia hacia el catolicismo.

La gran hambruna de Irlanda de 1846 no se produjo por culpa del escarabajo de la patata, sino por falta de alimentos. Una situación semejante por la misma plaga se dio en Escocia y Finlandia, y hubo hambre, pero no la que sucedió en Irlanda. La población protestante no sufrió hambruna ni se vio mermada.

El 2 de septiembre de 1846 el editorial de The Times fue titulado «Total “Annihilation» (Aniquilación total) y podía leerse:

A Celt will soon be as rare on the banks of the Shannon as the red man on the banks of Manhattan” (Pronto un celta será tan raro en las riberas del Shannon como el piel roja en las riberas de Manhattan).

Es famosa la frase de Thomas Carlyle: “Irlanda es como una rata medio muerta de hambre que se cruza en el camino de un elefante. ¿Qué debe hacer el elefante? Suprimirla, por Dios, suprimirla”.

Nassau Senior, economista de Su Majestad, expresó su miedo de que la política que se seguía en Irlanda “will not kill more than one million Irish in 1848 and that will scarcely be enough to do much good” (no matará más que un millón de irlandeses en 1848 y esto difícilmente será suficiente).

Un millón de irlandeses murió de hambre y aproximadamente otro millón tuvo que emigrar. Este fue el principio del fin de la ocupación de Irlanda.

Hasta 1850 fue perseguida por ley la presencia de cualquier miembro de la jerarquía católica en Inglaterra. Recordemos que la Inquisición en España fue abolida oficialmente en 1834 y hacía ya años que ni siquiera se nombraba a un gran inquisidor que la dirigiera.

Todavía hoy sigue vigente el Acta de Establecimiento de 1701 que obliga a los miembros de la familia real británica a renunciar a cualquier derecho al trono si se hacen católicos o se casan con un católico.

En 1624 entró en vigor la ley que condenaba a muerte a todo sacerdote católico sorprendido en territorio danés. Al año siguiente, nuevas leyes vinieron a reprimir aún más la ya inexistente libertad religiosa y se negó a los católicos el derecho a hacer testamento, de manera que al morir todas sus posesiones pasaban automáticamente a la Corona. Estas disposiciones estuvieron vigentes en Dinamarca hasta 1849.

Hasta 1860 cualquier sueco, danés o noruego que abjuraba de la religión oficial incurría en pena de exilio y confiscación de bienes.

 

Deja un comentario

El email no será público.