Apropiación cultural. Gonzalo Guijarro Puebla - El Sol Digital

Apropiación cultural. Gonzalo Guijarro Puebla

En el florido y delirante jardín de la corrección política, destaca con luz propia por su especial estupidez eso que han dado en llamar “apropiación cultural”. Los activistas del anti-imperialismo a toro pasado consideran que el colonialismo europeo no solo se apropió de los recursos naturales de las tierras colonizadas e impuso a sus habitantes su cultura, sino que, además, también se apropió de algunos aspectos de las culturas locales, como por ejemplo, de ciertas recetas de cocina o estilos indumentarios y artísticos. En consecuencia, esos desnortados e infatigables luchadores por la justicia social que tanto abundan en el mundo estudiantil se ven obligados a tomar medidas enérgicas para poner fin a tales abusos. Así, por ejemplo, cuando en 2017, en la ciudad universitaria de Portland, Oregón, EUA, una pareja local compró un camión y abrió en él un negocio ambulante de venta de “burritos”, los activistas les acusaron inmediatamente de “saquear” la cultura mexicana sin ser mexicanos y organizaron una campaña de acoso que incluyó amenazas de muerte, hasta que lograron que se cerrara el modesto negocio. Este es tan solo un caso entre muchos, pues el ojo insomne de la corrección política no cesa ni por un instante de luchar contra tan intolerables abusos.

Realmente, semejante nivel de ignorancia, engreimiento, fanatismo y estupidez resultaría jocoso de no ser por sus consecuencias sociales. Al parecer, esa ingente caterva de estudiantes universitarios tan incultos y descerebrados como políticamente correctos considera que los británicos solo pueden cocinar roast beef y pastel de riñones, los alemanes salchichas y sauerkraut, los españoles paella y los italianos pasta y pizza. Naturalmente, a esos memos y memas ni se les ha pasado por la cabeza que, si aceptamos semejante criterio los nativos americanos no podrán utilizar vehículos con ruedas, ya que la rueda fue inventada en Mesopotamia durante el quinto milenio antes de Cristo y es del todo ajena a sus tradiciones culturales. Pero su ilimitada soberbia de niñatos ricos y malcriados les impide percatarse de algo tan obvio como que la cultura humana siempre ha progresado a base de mestizajes, de mezclas, de préstamos, de imitaciones adaptadas…

En fin, majaderos siempre ha habido; lo alarmante es que estos majaderos en concreto han llegado a la Universidad y están imponiendo su ley en ella. Porque, al parecer, las autoridades universitarias norteamericanas no se atreven a hacerles frente. Más bien, por el contrario, los decanos y rectores se sienten obligados a proporcionar a esos quejicas los “espacios seguros”, es decir, libres de toda crítica racional, que reclaman. Ese es el nivel de claudicación actual de los académicos estadounidenses frente a los activistas de lo políticamente correcto. Un nivel de claudicación tan extremo que resulta sospechoso, que sugiere que hay intereses políticos inconfesables tras él.

En las universidades españolas parece que todavía no se ha alcanzado ese nivel de estupidez y claudicación extremas, al menos en esa especialidad, pero teniendo en cuenta quién es el ministro del ramo, me temo que alcanzarlo va a ser cuestión de poco tiempo. Y es que, a mi entender, toda esta putrefacción cultural que es lo políticamente correcto se ha desarrollado gracias al triunfo en occidente de la llamada pedagogía constructivista, hace ya más de tres décadas. Una pedagogía basada en las ideas de Rousseau, el desequilibrado filósofo ginebrino que primero abandonó en la inclusa a sus cinco hijos, habidos de otras tantas mujeres, y luego escribió un tratado acerca de cómo educar correctamente a los jóvenes. Una idea fundamental de esa teoría pedagógica es que los infantes son esencialmente creativos y pacíficos, seres de una bondad sin mácula. Por tanto, transmitirles la herencia cultural trabajosamente acumulada por la humanidad en general y especialmente la desarrollada por el occidente ilustrado no es sino inocularles un fermento dañino. Los constructivistas dan por supuesto que, dejado a su espontaneo crecimiento intelectual, cada infante irá descubriendo y creando una nueva cultura mucho más adecuada no solo a sus propias características personales sino también al conjunto de la sociedad. Pero la realidad tiene la buena costumbre de no seguir las caprichosas recetas de los intelectuales pretenciosos; el resultado de impedir que los jóvenes accedan a su herencia cultural no ha sido el advenimiento de una nueva cultura más pacífica y armoniosa, sino la aparición de ingentes manadas de jóvenes ignorantes dotados de egos tan desaforados como blanduchos. Unos jóvenes convencidos de tener todos los derechos imaginables sin necesidad alguna de tener al mismo tiempo obligaciones. Una buena muestra de ello son los botellones multitudinarios y violentos que han tenido lugar recientemente en Madrid y Barcelona. Tampoco es de extrañar; eso es exactamente lo que se ha fomentado perversamente durante décadas desde las más altas autoridades educativas. Con el pretexto de que la transmisión de conocimientos útiles es poco menos que fascista, primero se les regaló a todos los alumnos el título de secundaria, después el de bachillerato, y ahora el ministro Castells está haciendo los enjuagues necesarios para regalarles también un título universitario. Un título universitario que no certificará conocimiento alguno y que, por tanto, solo les será de alguna utilidad laboral a aquellos que, además del título, tengan las relaciones sociales adecuadas para ser elegidos a dedo. Al final, resulta que esa pedagogía, supuestamente tan progresista, a donde conduce es a la supresión del ascensor social en base al talento y esfuerzo demostrados y a la vuelta a los privilegios de cuna. Eso sí que es una apropiación cultural, o más bien un robo cultural a mano armada (la del poder político), y no las mamarrachadas que tanto escandalizan a ciertos estudiantes estadounidenses. Porque son nuestros políticos los que han decidido apropiarse de nuestra herencia cultural, negándoles a las nuevas generaciones de ciudadanos lo que es suyo de pleno derecho. Negándoles incluso algo tan elemental y básico como el derecho a la educación en el propio idioma común a todos los españoles.

Con pequeñas diferencias locales de tipo estratégico y práctico, el plan de las élites políticas y económicas occidentales parece ser el mismo tanto en América como en Europa: promover el suicidio cultural, para así arrebatar a los ciudadanos del común cualquier arma con la que pudieran oponerse a los designios de los poderosos.

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