De fobias, filias y sectarios. Gonzalo Guijarro - El Sol Digital
De fobias, filias y sectarios. Gonzalo Guijarro

De fobias, filias y sectarios. Gonzalo Guijarro

El asesinato del joven Samuel Luiz por un grupo de energúmenos en La Coruña ha puesto en marcha de inmediato la maquinaria de algaradas pretendidamente solidarias de la izquierda podemita. Unas tres mil personas se han manifestado por las calles de Madrid para mostrar su rechazo. Pero, ojo, solo porque al parecer el desgraciado joven era homosexual, y eso les permitía afirmar que se trataba de un asesinato homofóbico. Los políticamente correctos se solidarizan con las víctimas única y exclusivamente si consideran que se puede extraer algún beneficio político de ellas. No se trata de practicar la solidaridad humana, sino de reforzar ideológicamente a sus bases. La solidaridad izquierdista con las víctimas de asesinato está disponible solo si se trata de un crimen que pueda calificarse de racista, machista, ultraderechista u homófobo; en cualquier otro caso, no. Si la víctima de un asesinato es un varón heterosexual blanco, como sucede en la abrumadora mayoría de los casos en España, a los políticamente correctos les da igual. Pero si el asesinado es negro u homosexual, entonces echan el resto. Y es que hay que fingir que la sociedad española es homofóbica y racista para que así ellos sean moralmente superiores y nos puedan salvar de nosotros mismos.

Porque la izquierda políticamente correcta tampoco se solidariza con los negros u homosexuales asesinados en cualquier país, sino solo con los que tienen la desgracia de ser asesinados en países con gobiernos democráticos, que son los casos menos frecuentes. Si los de Black lives matter protestan por el asesinato de un negro a manos de la policía en algún lugar de Estados Unidos, todos a la calle en Madrid. En cambio, los negros y homosexuales asesinados directamente por la policía en, por ejemplo, Venezuela, no les interesan en absoluto. La verdad es que no dispongo de datos al respecto, pero teniendo en cuenta la composición racial de ese país y que la policía del régimen de Maduro lleva ya muchos miles de civiles asesinados (más de cuatro mil tan solo en 2020), estadísticamente es razonable suponer que entre ellos habrá al menos varias docenas de negros y homosexuales. Seguramente, incluso algunos negros homosexuales. Pero esos asesinatos no cuentan como racistas u homofóbicos para la izquierda, así que nada de algaradas solidarias en Madrid por ellos. La sociedad venezolana no es homofóbica y la policía de Maduro asesina del modo más inclusivo que se pueda imaginar. Misterios de la corrección política y el heteropatriarcado.

Pero volvamos al asesinato concreto de Samuel Luiz. Como el primero de sus agresores le llamó “maricón” antes de golpearle, los políticamente correctos se apresuraron a rasgarse las vestiduras públicamente y a echarse a la calle para chillar la habitual letanía moralmente inmaculada de la homofobia y demás. Se conoce que como los podemitas andan un tanto de capa caída, se agarraron al primer clavo ardiendo que les ofreció la realidad para salir en los papeles. Luego se ha puesto de manifiesto que al pobre muchacho lo mataron a golpes unos cuantos borrachos violentos, a los que animaba una borracha miserable y cobarde, no por sus preferencias sexuales, sino básicamente porque pasaba por allí. Podría haber pasado otro cualquiera e igualmente esos borrachos agresivos habrían encontrado un pretexto para descargar en él sus frustraciones. Pero eso a los políticamente correctos les da igual. La sociedad española tiene que ser homofóbica y machista porque sí, porque es lo que a ellos les conviene para hacer gala de exhibicionismo moral.

Por el contrario, hay otras agresiones en las que es precisamente el agresor quien merece la solidaridad y el apoyo de esos mismos que tanto se escandalizan con la supuesta homofobia. Así, en 2015, cuando un energúmeno izquierdista llamado Rodrigo Lanza dejó tetrapléjico a un guardia urbano de Barcelona de una pedrada en la cabeza, la mismísima cúpula podemita se apresuró a mostrarle su solidaridad (incluso económica) y su apoyo. Para ellos, en este caso, la víctima era el agresor. Energumenofilia, podríamos llamarlo. Tras cumplir dos años de condena, en 2017, esa misma desvalida víctima mató a golpes en un bar a un hombre por el mero hecho de llevar unos tirantes con los colores de la bandera de España. Tres días después del crimen, un miembro de Podemos, acompañado del abogado de Lanza, entregó a la policía una navaja con la que pretendidamente la víctima había amenazado al asesino. Los testigos presenciales declararon que no había habido tal navaja y el repugnante intento de justificar al asesino fracasó. Ante la abrumadora evidencia, en esta ocasión la cúpula podemita se abstuvo de solidarizarse con el asesino e incluso condenó el crimen a cencerros tapados, pero no hubo manifestaciones callejeras ni apoyo monetario a la familia de la víctima.

A cualquier ciudadano lo puede asesinar inopinadamente un energúmeno con los pretextos más variopintos: su vestimenta, su equipo de fútbol preferido, su corte de pelo o su manera de caminar. Pero en un Estado de Derecho la Justicia perseguirá, juzgará y condenará al asesino independientemente de los motivos que este aduzca para justificar su crimen. En eso consisten la independencia de la Justicia y la igualdad de derechos ante la ley. Los sectarios políticamente correctos, por el contrario, pretenden que los asesinatos se juzguen en función de los gustos de la víctima y de los de su asesino. Los crímenes en los que las preferencias personales de la víctima coincidan con los dogmas de la corrección política deberán considerarse como atrocidades inicuas merecedoras de linchamiento inmediato, mientras que cuando los gustos que encajen en sus dogmas sean los del asesino, este deberá ser objeto de la máxima comprensión y apoyo. Eso es exactamente lo que sucede en las dictaduras; en ellas los asesinatos se juzgan en función de las conveniencias de los déspotas en el poder. Los miles de asesinatos cometidos por la policía de Maduro no se investigarán ni juzgarán porque en Venezuela no hay una Justicia independiente y las víctimas tenían preferencias que desagradan a los déspotas que forman el gobierno: querían tener derechos y libertades y comer todos los días. Es decir, querían disfrutar de las ventajas que ofrecen las democracias liberales, esas que disfrutan pero no cesan de denostar los sectarios adalides de la corrección política.

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