Descubrir el secreto de la vida carece de interés. Gonzalo Guijarro - El Sol Digital
Descubrir el secreto de la vida carece de interés. Gonzalo Guijarro

Descubrir el secreto de la vida carece de interés. Gonzalo Guijarro

El pasado mes de abril apareció brevemente en la prensa la noticia de que un equipo de investigadores estadounidenses pertenecientes al John Craig Venter Institute, al National Institute for Standards and Technology y al Massachusetts Institute of Technology había logrado crear un organismo unicelular artificial capaz de crecer y reproducirse. Es decir, que habían fabricado vida sintética. Para estupor de quien esto escribe, la noticia pasó sin mayor eco mediático. Al parecer, que la Ciencia haya desentrañado los secretos de la vida hasta el punto de estar en condiciones de producirla artificialmente no es motivo ni de asombro ni de entusiasmo ni de reflexión.

Ya en 2010, cuando John Craig Venter anunció que en el instituto de investigación que dirige habían logrado que una bacteria continuara realizando sus funciones vitales tras extraerle el ADN y sustituirlo por otro sintético, me llamó la atención el escasísimo interés que la prensa española mostró por el asunto. Pero aquel hito era parcial; lo de ahora es total y definitivo: los seres humanos ya somos capaces de fabricar vida sintética. Además, se trata de una célula que no es copia de una natural, sino que ha sido plenamente diseñada por humanos. Pero a casi nadie parece importarle. No puedo dejar de preguntarme por qué.

Según un estudio comparativo de la Universidad de Cádiz, publicado en 2018, España y Portugal son actualmente los países occidentales con menor presencia de la evolución biológica en sus programas escolares. Me temo que la cosa viene de antiguo: “El origen de las especies” solo se publicó en España dieciocho años después de la aparición de su primera edición británica, cuando ya toda Europa llevaba bastantes años discutiendo las implicaciones de la obra de Darwin. Y el asunto no ha mejorado a lo largo de la historia reciente: quien esto firma se licenció en la especialidad de Bioquímica por la Universidad Complutense de Madrid sin escuchar una sola mención a Darwin o a la teoría de la evolución biológica por parte de sus profesores, ni siquiera en la asignatura de Genética Molecular. Hace apenas unas semanas, el escritor Juan Manuel de Prada publicó en una revista de difusión nacional un artículo en el que defendía el creacionismo con argumentos tan manidos como insostenibles. Parece que la sociedad española dista de haber asimilado la perspectiva evolucionista. ¿Cómo es posible esa persistencia en rechazar —o al menos, ignorar— la teoría de la evolución biológica en los programas escolares tras más de cuarenta años de democracia, con gobiernos tanto de derechas como de izquierdas?

La derecha tradicional española siempre ha rechazado la evolución por motivos religiosos. Si la teoría de la evolución biológica es correcta, los humanos —como cualquier otra especie viva— no somos sino máquinas químicas complejas, armadas lenta y ciegamente por la colisión de dos formas del azar: la de las mutaciones en el ADN y la de los cambios ambientales. Trabajando entre ambas, la ley determinista de la selección natural fomenta la supervivencia de las más eficaces, creando así organismos progresivamente complejos. Resulta evidente que esto deja poco o ningún espacio a la idea de Dios y, sobre todo, de un alma inmortal.

Por otra parte, la izquierda española nunca renunció del todo a sus raíces marxistas, unas raíces a las que está actualmente volviendo, de la mano de la izquierda identitaria estadounidense. Y resulta que para el marxismo la teoría de la evolución biológica siempre resultó incómoda, ya que adjudica a cada especie viva unas tendencias innatas de comportamiento dependientes de sus genes y solo hasta cierto punto flexibles, lo que se opone a la pretensión izquierdista de que todo en la sociedad humana son constructos culturales susceptibles de ser cambiados ilimitadamente por mera voluntad ideológica. En suma, la izquierda neomarxista es tan religiosa y dogmática en sus concepciones como cualquier iglesia tradicional.

Así pues, parece que para empezar a remediar esa antigua carencia española sería imprescindible un cambio en profundidad de nuestra clase dirigente. Tal vez el triunfo electoral de un partido político radicalmente alejado de ambos extremos. Un partido político cuyos miembros no tuvieran dificultades sicológicas para entenderse a sí mismos como entes naturales complejos, perecederos y dotados de ciertas tendencias innatas de comportamiento, que es preciso tener en cuenta. La principal de esas tendencias sería nuestra excepcional curiosidad, que es clave para indagar el funcionamiento de lo real a niveles cada vez más profundos. Es decir, que es esencial para permitirnos explotar como especie el nicho ecológico cognitivo, que es lo que llevamos haciendo con éxito cosa de doscientos mil años. Así, para que España adquiera en Ciencia el nivel que le corresponde, es preciso que esa curiosidad científica, y no el fanatismo ideológico, se fomente tanto desde el sistema de enseñanza como desde la prensa libre.

En cuanto a las consecuencias prácticas de que los humanos ya seamos capaces de fabricar seres vivos, la verdad es que esa habilidad nos va a permitir abordar tareas que hasta el presente estaban restringidas al ámbito de la ciencia ficción. Una célula viva es capaz de crecer procesando y asimilando elementos del entorno para, finalmente, reproducirse. Pues bien, todo ente capaz de realizar modificaciones en su entorno y de reproducirse gracias a ello es lo que se conoce como una “máquina Von Neumann”, en honor del matemático John Von Neumann, que fue el primero en estudiar los requerimientos lógicos de ese tipo de máquinas.

Imaginemos una tarea ingente, como por ejemplo limpiar de plásticos los océanos. Una posibilidad de realizarla es diseñar una máquina capaz de descomponer químicamente todo plástico que encuentre, y luego construir tantos ejemplares de ella como podamos, lo que supondrá un enorme esfuerzo económico. La alternativa es diseñar una máquina capaz de descomponer el plástico y, además, capaz de aprovechar algunos de los productos resultantes para hacer una copia de sí misma. Disponiendo de semejante diseño, basta con fabricar un solo ejemplar, pues la propia máquina se encargará de construir tantas copias de sí misma como resulten necesarias para la tarea.

Pues bien, dado que toda célula viva es una máquina Von Neumann, gracias a la capacidad para fabricarlas, la humanidad pronto estará en condiciones de acometer algunas de las tareas necesarias para solucionar los que actualmente constituyen sus más graves problemas, pero que hasta el momento le resultaban inabordables por sus descomunales proporciones.

Este desarrollo ha tenido lugar en Occidente, lo que en España, a mi entender, debería ser motivo de orgullo y de una mayor repercusión mediática, ya que nuestro país, pese a sus graves deficiencias en política científica y educativa a lo largo de los últimos siglos, totalmente achacables a la ineptitud y cerrazón de sus élites, forma parte de esa tradición.

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