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El Cultural – Los apostólicos

El Cultural – Los apostólicos

Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “Los Apostólicos”: el octavo libro de la segunda serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

Los Apostólicos

 

Han pasado cuatro años desde el anterior episodio, que se desarrollaba en 1827. Ahora, encontramos a Sola en casa de don Benigno Cordero, que ha enviudado y vive con su hermana Crucita y con sus hijos. Sola los acompaña. Benigno la llama la hormiga, por lo hacendosa y buena, como siempre. Se desvive por atenderlos a todos y todos la aprecian y ella les corresponde. Pero don Benigno tiene otros deseos más profundos, y es hacerla su esposa, y, para ello, se intenta valer de los buenos oficios de su gran y despistado amigo, el padre Alelí, al que conocimos ya y que es un alma de Dios, pero que nunca se acuerda de nada. Por otra parte, tanto Pipaón, que sigue siendo un cortesano de influencia, como Jenara, intentan descubrir si muchos de los conspiradores o enviados, que llegan a Madrid, son el propio Salvador Monsalud o don Jaime Servet, que tanto monta. Se equivocan en multitud de ocasiones y, cuando de verdad lo encuentran, es por mediación de don Felicísimo Carnicero, especie de conseguidor de causas perdidas, casi siempre en relación con asuntos eclesiásticos, o que estén cercanos a ellos, pues en este ámbito es un lince y tiene agarraderas poderosas. Su fea hija Micaela, que tiene un gran pasar por la riqueza del padre, y tuvo amores fallidos que la han hecho caer en cierta deshonra tolerada, es buena amiga de Jenara. Pipaón bebe los vientos por hacerla su esposa. Salvador, que ha regresado a Madrid, va a ser exonerado de culpas por mediación de un hombre poderoso, don Alejandro Aguado, marqués de las Marismas, para el que Salvador ha hecho, con éxito, diversas gestiones, y el cual es uno de los poderosos banqueros a los que acude el Gobierno cuando necesita préstamos. Recupera así su nombre Salvador y, también, una mediana fortuna, que Carnicero reclama en su nombre, no sin quedarse con la mitad como comisión. Jenara pretende renovar sus amores con Salvador, y éste la rechaza de buenas formas, pero firmes. Por otra parte, Cordero se atreve a pedir a Sola en matrimonio, y ésta, agradecida y buscando la tranquilidad, acepta de buen grado, aunque no está enamorada. Salvador encuentra a Sola y la pide en matrimonio, y ella le rechaza por haber dado antes su palabra a Benigno, aunque bien se ve que, si no hubiera sido por eso, de buen grado se hubiera ido con él. Mas Salvador ha dejado transcurrir mucho tiempo. Ahora está hastiado de la política y pretende dejarla, aunque el desengaño amoroso de nuevo le hace pensar en ello. Esta es la trama novelesca, que, como siempre, se superpone a la histórica, en la que se ve que los partidarios de don Carlos son cada vez más numerosos y tienen más poder, y ya, de forma detallada, se nos narran los sucesos de La Granja, del año 1832, cuando enferma gravemente Fernando y todos creen que va a morir. En ese momento, los partidarios de don Carlos se mueven con rapidez y sobre todo lo hacen Calomarde, el obispo de León, y el padre Carranza, así como el confesor del rey. Les ayudan las infantas doña Francisca, esposa de Carlos, y la princesa de Beira, su hermana brasileña. La reina consorte, María Cristina, sólo cuida abnegadamente a su marido y no se mezcla en los manejos de los cortesanos. Carlos, que ama profundamente a su hermano, está más preocupado por la vida de aquel pero, en todo caso, en ningún momento renuncia a sus derechos dinásticos, que cree le vienen directamente de Dios, y son los demás, los que pelean porque no reine la hija de Fernando, Isabel, que a la sazón tiene dos años y es la legítima heredera, ya que la Pragmática Sanción, del 29 de marzo de 1830, estaba en vigor y había abolido la Ley Sálica. Los cortesanos, aprovechándose del estado casi comatoso del rey, le arrancan un decreto-codicilo por el que se derogaba la Pragmática Sanción, y que debía de mantenerse secreto hasta la muerte del rey. El estado de aletargamiento de Fernando hizo creer que había muerto y los cortesanos carlistas, entre los que se encontraba Pipaón, se frotaron las manos. Calomarde hizo público el codicilo, pero Fernando se repuso bastante. En ese momento, llegó la Infanta Carlota, hermana de María Cristina, napolitana como ella y de grandes arrestos. Carlota quitó a Calomarde el codicilo que éste le entregó y lo rompió, abofeteándole además. De ahí vino la famosa frase: manos blancas… Calomarde, a partir de ese momento, cayó en desgracia y fue sustituido por Zea. Luego, no fue aceptado ni por los carlistas y murió olvidado en país extranjero. En la Granja y con ocasión de estos sucesos, estaban también Salvador y Benigno, y, por una casualidad, el segundo hubo de alojarse con el primero. Los dos buscaban una firma de los cortesanos que estaban alrededor del rey. Salvador para culminar el asunto de su herencia y Benigno para terminar el largo trabajo de conseguir los documentos que precisaba Sola para casarse y que hubieron de ser reconstruidos, al haber sido tiempo antes destruidos. Benigno tiene celos de Salvador y de lo que hubiera podido pasar en la época en que aquel atendía a Sola, pero este asunto se trata de forma más amplia en el siguiente episodio.

Un episodio éste, que como todos los anteriores, se preocupa más de la parte novelesca, si bien emplea varios capítulos en describir con detalle todos los manejos que se hicieron alrededor de la cámara casi mortuoria de Fernando, cuando éste expiraba y se quería el trono para Carlos por muchos cortesanos y, sobre todo, por los eclesiásticos, que veían en la regencia de María Cristina y el reinado de Isabel una forma de volver a la situación del trienio y perder con ello sus privilegios. Los hechos centrales de la parte novelesca se fijan ahora en la vida de Benigno Cordero y Sola, y el interés de aquel buen hombre, liberal retirado, lector asiduo de Rousseau y un alma bondadosa y amante de su familia, en llevar al altar a Sola. El retrato de Cordero es el de un hombre íntegro y preocupado sólo de su familia, el bienestar de la misma, ganar algún dinero y llegar incluso a una prosperidad económica, pero sin avaricia y proporcionando a Sola y los demás una buena situación. Compra tierras en Toledo, y a los Cigarrales se marcha con toda la familia e intenta una vida en la naturaleza al estilo de su escritor preferido, y en la que las virtudes domésticas de Sola puedan brillar. Esta, aún enamorada de Salvador, sabe ser consecuente con lo que ha prometido. Salvador se merece también esta renuncia a su oferta, que ha dejado mucho tiempo antes de llevarla a cabo, y, cuando lo hace, llega como siempre tarde. Por otra parte, él también rechaza a Jenara, que ha hecho muchas cosas extrañas y no siempre en favor de Salvador, si bien, en los momentos delicados, se ha jugado hasta la vida por él. Pipaón sigue siendo retorcido y, aunque se dice amigo de Salvador, le ha engañado y retenido la correspondencia de aquel con Sola, por lo que toda la culpa del olvido no es de Salvador. Felicísimo Carnicero, cuya descripción física es un alarde de la maestría de Galdós para relatar tipos, es un hombre avariento y rico, que vive en una casa que se cae, y él sostiene con vigas y puntales para que no se derrumbe, cuando posee dinero en grandes cantidades, y, además, apenas se mueve de un sillón y de su mesa, en donde hace sus comidas, atiende sus negocios y conspira a favor de los carlistas, o apostólicos. Ello no es obstáculo para que dé albergue a Jenara, amiga de Micaela, su hija, cuando aquella es perseguida por sus ideas y han sido encarcelados muchos otros, entre ellos muchos políticos que no eran precisamente liberales. Y es que la política de entonces era un verdadero barullo y nadie estaba seguro en ninguna idea. Tan sólo lo estaba Pipaón, que salía indemne de todo y que parece ser el autor de las denuncias contra estos hombres de diferente significación política, que fueron encarcelados por conspirar en un momento en que todos conspiraban y a veces ni se sabía a favor ni en contra de quién lo hacían. Sigue Carlos Navarro, que aparece alguna vez, siendo enemigo encarnizado de Salvador y no desea la reconciliación con Jenara. Es destacable, junto a la figura de Cordero, la del padre Alelí, tan particular y que cuando va a contar alguna cosa se pierde por múltiples vericuetos y no siempre llega a explicar lo que en un principio pretendía. Es efecto de cierta senilidad, pero su amistad con Cordero es sincera y muy profunda, a pesar de que ambos discutan a veces y se digan cariñosamente mil perrerías. Esto en cuanto a los personajes de ficción. Los históricos siguen siendo bien retratados y así se presenta al pretendiente Carlos como un hombre lerdo, aunque muy amante de su hermano, que cree que Dios le ha llamado para ser el rey, y eso porque ha sido convencido por toda la camarilla de clérigos y cortesanos que le rodean. Carlos desea ardientemente que el rey no muera y no es el que conspira, pero se muestra firme en reclamar el trono, en detrimento de su sobrina Isabel, menor de edad. Se retrata el fuerte carácter de Carlota, la hermana de María Cristina, y la abnegación de ésta ante la enfermedad de Fernando, que es un despojo humano y que expira en un ambiente fétido y corrompido, como su vida, aunque luego no llegue a morir en ese momento. Parece, por lo que Galdós describe, que se trata de algún tipo de cáncer, aunque se habla de gota, pero en aquella época los cánceres no se diagnosticaban bien. El propio Fernando sufre en esos momentos horriblemente. Es un poco el pago que la vida le hace sufrir al tirano, que tanto hizo padecer a otros. Calomarde es retratado como un dechado de ambición y oportunismo, mendaz y apocado, conspirador y cobarde, como lo fue en todo su ministerio, y al final despreciado por todos. Un buen episodio, en suma, que nos va llevando de la mano, y metiéndonos cada vez más en el problema de España, en lo que quedaba de siglo, con las facciones enfrentadas ya desde estos momentos por la ambición de un Infante, que aun amando a su hermano se dejaba llevar por un fanatismo religioso, el cual le hacía confundir las cosas terrenales con las divinas. Hay también un relato, en algunos capítulos, de la vida literaria, artística, musical y teatral de la época, utilizando como pretexto las tertulias de Jenara. Se habla así mucho de Espronceda, Rossini y Mesonero Romanos. También hay algún capítulo destinado a las modas del momento. Galdós utiliza cualquier disculpa para hacer un retrato de la época, tanto en los aspectos puramente históricos como de la vida cotidiana.

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