El Cultural - Zumalacárregui - El Sol Digital
El Cultural – Zumalacárregui

El Cultural – Zumalacárregui

Esta semana hemos estado en la biblioteca leyendo “Zumalacárregui”: el primer libro de la tercera serie de “Los Episodios Nacionales” de Benito Pérez Galdós. Richerdios.

Zumalacárregui

 

Comienza la tercera serie y los hechos que se relatan son continuación de los de la anterior. La guerra civil entre carlistas y cristinos ya ha comenzado y la campaña se desarrolla sobre todo en el norte, entre Navarra, País Vasco, Aragón, Rioja y Cataluña. Ésta y el País Vasco son los más adictos al Pretendiente, y lo son más los pueblos que las ciudades. Se hace cargo de la dirección de las operaciones por el bando carlista el general Zumalacárregui, que se encontraba vigilado y se escapa para ponerse a las órdenes de don Carlos, que le confía el mando total, aunque la camarilla del rey, que se mueve de vez en cuando de lugar, conspira y pone zancadillas a la labor de gran general y estratega. En la parte novelesca, aún no aparece el que luego será el protagonista de la serie, Fernando Calpena, y aquí el protagonista es un clérigo, José Fago, un aragonés de Cinco Villas, que tuvo una vida disoluta y perdió a una moza, Salomé, o Saloma, que luego le abandonó. Era hija del alcalde de Miranda de Arga, don Adrián Ulibarri. Éste, partidario de los cristinos, es condenado a muerte, y Fago, ahora arrepentido de sus culpas y en vida sacerdotal, es quien le ha de atender espiritualmente, cosa que aprovecha para que el padre de la muchacha le perdone su falta, pero no le puede decir que no la ha visto más, y es fusilado. El clérigo se pasa la obra entera sin saber cuál es su vocación ni su destino. Entra a formar parte del ejército de Zumalacárregui, y, cuando se le encarga la misión de traer un cañón por lugares difíciles, lo hace con gran pericia y sabe dirigir bien a los que le ayudan. Luego destaca en las acciones guerreras, y pronto adquiere el grado de sargento. Duda, una y otra vez, de su destino, siempre que, por causa de alguna acción de guerra, se pierde del lugar en que se encuentra. Además, se cree poseído del mismo instinto de estratega que don Tomás Zumalacárregui y adivina lo que éste va a hacer. También busca a Saloma y encuentra a una mujer que tiene el mismo nombre, pero no es ella. Ésta le ayuda en alguna ocasión. También oye hablar de la verdadera Saloma, como si estuviera con él mismo y vivieran o anduvieran juntos, y además otras veces le dicen que Saloma se ha metido a monja, o lo finge, para actuar como espía de los cristinos. Incluso uno de sus protectores, Arespacochaga, le encarga la misión de buscarla, pero no logra encontrarla. Es apresado por los cristinos y se une a ellos y lucha a su lado. Tampoco tiene claro si es aquella una guerra santa o si ninguna lo es, y si el hombre tiene derecho a matar en nombre de Dios. Duda de su vocación militar y religiosa y cree que no sirve para nada. Pasado de nuevo al campo carlista, está presente en el sitio de Bilbao, que don Tomás ha de acometer por expreso deseo de don Carlos y de su camarilla, pues los ingleses les han prometido ayuda si toman una gran ciudad. El general prefería haber tomado Vitoria, lo que resultaba más fácil. En el asedio de Bilbao el general es herido levemente en una pierna y trasladado a Cegama. La herida se le infesta y luego le produce el tétanos, lo que le lleva a la tumba en unos días. Fago, que ha estado cerca de él y que ya vaticinó el error del asedio a Bilbao y que de allí no saldría vivo el general, después de visitarle y comprobando que ya se muere, fallece casi al mismo tiempo, en su cuarto, sin que haya una razón aparente. Fago, el protagonista novelesco, parece ser el alter ego de Zumalacárregui, el protagonista histórico. Cuando entierran al general, aparece la verdadera Saloma, que se alegra de la muerte del que mandó fusilar a su padre.

Episodio escrito diecinueve años después del último de la segunda serie, en 1898, es uno de los más farragosos de todas las series, y en que el relato histórico de las diferentes escaramuzas y pequeñas batallas, de uno y otro ejército, es lo principal, y se detalla todo con mucho apoyo de los lugares, que se citan en abundancia, en casi todas la provincias del norte, pero más en el País Vasco y Navarra. Con precisión explica el autor el traslado del cañón por vericuetos y lugares casi inaccesibles, y ahí luce sus facultades de narrador y describe muy bien los paisajes campestres en plena naturaleza hostil. Los hechos guerreros se narran con detalle, como hizo ya en anteriores episodios, pero en éste tal vez sean demasiado abundantes tales relatos en detrimento de la acción novelesca, lo que hace el libro algo más denso y menos fácil de leer, si bien su maestría, aumentada con el paso del tiempo, se impone, y la obra se lee con interés. El personaje central novelesco es Fago, un hombre que recuerda a Monsalud por sus dudas, pero que en aquel son más exacerbadas, pues no sabe bien si es hombre de mundo, clérigo o militar, y parece que en todas las facetas podría brillar, pero en ninguna está conforme. Además y a través de su pensamiento, el autor desacredita la creencia de algunos de que Dios apoya su causa, y que, más o menos, está detrás de cada bala que se dispara, y que es bueno matar a los enemigos, tanto sean soldados como civiles, fusilados por connivencia con el enemigo y para dar ejemplo. Aquí mete la pluma el autor y lo deja claro: ninguna guerra es apoyada por Dios y Éste no puede ver con buenos ojos que se mate a los semejantes por ninguna causa. También se dice que, si los que dirigen las guerras hubieran de ir en primera línea, prácticamente no habría casi ninguna. Al general que da nombre al episodio también lo retrata bien Galdós, y no escatima los elogios hacia su figura, su temple, su nobleza y su desinterés. Sigue la causa carlista con ahínco y no se sabe bien por qué, pues es denostado por la camarilla, y discutidos sus éxitos innegables con los escasos medios de que disponía. De quebrada salud, pues padecía probablemente de la próstata o del riñón, tenía frecuentes cólicos pero, no obstante, estaba siempre al pie del lugar de más peligro. Carlos confiaba en él, pues además no tenía otro hombre que valiese tanto. Galdós estima que en otra causa y en otro momento más feliz que el de una guerra civil y una causa poco clara, y menos digna al creer que se guerreaba en nombre de Dios, como una guerra de religión contra cristianos como ellos aunque no tan clericales, hubiera sido Zumalacárregui una figura impar, como desde luego lo fue, pero en otro lugar su fama hubiera alcanzado más altas cotas. En todo caso tenía escasos medios y, aun así, ganaba escaramuzas y hasta batallas. Muere pobre hasta la miseria y ha de ser enterrado con un frac, pues ni un uniforme militar había allí para él. De los otros generales, tanto de un bando como de otro, se habla pero no se les describe, y tan sólo se narran algunas de sus proezas o fracasos. También aparecen muchas figuras de guerreros, de gentes del pueblo y de cortesanos y clérigos, que en el bando carlista eran casi lo mismo. Entre los personajes del pueblo aparecen algunos muy curiosos, pero ninguno destaca demasiado. Lo más singular es que las figuras del protagonista histórico y el novelesco parecen uno el alter ego del otro. Fago adivina lo que va a hacer el general y éste parece actuar a los dictados del pensamiento de aquel. Los dos son, desde luego, unos grandes escépticos y parecen tener de la guerra el mismo concepto. Es el caso del general, sobre todo los últimos momentos, en que se encuentra hastiado de aquella guerra sin sentido, y casi prefiere morir a ser un muñeco de la corte de un rey más inepto que su hermano, y que defendía una causa muy discutible, que nunca llegó a prosperar ni para él ni para sus descendientes. Un episodio de mediano valor, inferior a los de series anteriores, pero aún quedan muchos hasta la culminación de los episodios y se han de ver todavía grandes cosas.

Deja un comentario

El email no será público.