El suicidio de Occidente - El Sol Digital
El suicidio de Occidente

El suicidio de Occidente

La idea de que Occidente está cometiendo algo así como un suicidio cultural y económico se me va haciendo cada día más evidente. Porque el problema no es que Occidente esté siendo superado por el imparable ascenso de China, sino que dé tantas muestras de un complejo de culpabilidad tan dañino como injustificado. A mi entender, en la base de ese creciente complejo occidental se encuentran las ponzoñosas tesis de la corrección política.

La izquierda política occidental lleva décadas siguiendo pacientemente la receta ideada por Antonio Gramsci para hacerse con el poder de modo definitivo. Según esa receta, lo primero es conseguir que el discurso ideológico izquierdista se convierta en el discurso cultural hegemónico. Para ello, hace ya más de tres décadas, tanto en América como en Europa, tomaron posiciones en las facultades universitarias de ciencias sociales y pedagogía, expandiendo desde ellas un discurso sentimentaloide, victimista y contrario a la responsabilidad individual y a la cultura del mérito y capacidad. La muy sospechosa dejadez o complicidad de la derecha política pronto permitió que ese discurso ideológico dominase la mayoría de los sistemas de enseñanza públicos occidentales. España, cuyo sistema de enseñanza mejoraba por entonces sus resultados a mayor ritmo que Corea del Sur, pasó de inmediato a empeorar rápidamente en todos los aspectos. Pese a ello, los nuevos dogmas pedagógicos jamás se pusieron en tela de juicio y siguen vigentes. Gracias a ello, actualmente el discurso cultural dominante entre buena parte de los jóvenes europeos y americanos no solo olvida los enormes logros de Occidente, sino que se empeña en juzgar el pasado con unos criterios morales tan actuales como sesgados y da por supuesta la culpabilidad de su propia tradición cultural en cuanto de negativo hay en ese pasado.

Paralelamente a la toma de los sistemas educativos por la izquierda, esta se fue apropiando de las banderas que formarían parte del núcleo duro de la corrección política, como el antirracismo, el feminismo, el elegetebeismo o el ecologismo. Y no deja de resultar sorprendente, ya que la homosexualidad fue perseguida en todos los países socialistas y las mayores barbaridades ecológicas de la historia mundial reciente, como la desecación del mar de Aral, la catástrofe medioambiental ocasionada por el “gran salto adelante” chino o el desastre de Chernobyl, fueron fruto de los ensueños comunistas.

Pero, gracias a la hegemonía del discurso cultural progre, todo eso se ha olvidado; el único responsable de cualquier desastre ecológico pasado, presente o futuro no puede ser otro que el capitalismo occidental. Así que todos los ciudadanos occidentales hemos de ponernos un cilicio cultural y económico para purgar nuestros supuestos pecados de lesa madre naturaleza.

El cilicio cultural consiste en asumir ciegamente un complejo de culpabilidad colectiva que nos incapacita para defender racionalmente nuestros intereses nacionales. Una vez asumido este, el otro cilicio, el económico, puede imponerse sin dificultad a los ciudadanos. Así, mientras China, que es responsable de más del 30% de las emisiones mundiales de CO2, se desentiende por completo de las posibles consecuencias, en España, por el contrario, pese a que es apenas responsable del 0,5% de esas emisiones, hace ya muchos años que se impuso un mix energético tan supuestamente ecológico como absurdo e inviable. El resultado, perfectamente previsible, ya se va poniendo de manifiesto en el recibo de la electricidad, en el precio de los combustibles y en la creciente amenaza de desabastecimiento. Pero, al igual que sucede con los dogmas pedagógicos, los dogmas ecológicos progres están blindados al raciocinio basado en datos objetivos por ese complejo de culpabilidad que la corrección política inocula desde el principio a sus víctimas. Un complejo de culpabilidad que es una mezcla de pecado original cristiano y autocrítica marxista.

Para librarse de ese sentimiento de culpa original que supone el haber nacido en el occidente desarrollado y democrático solo hay un camino: adjurar de cualquier análisis racional de la realidad basado en datos objetivos y abrazar las tesis infantiloides y buenistas del marxismo posmoderno. Una vez despojado de su capacidad crítica, el ciudadano podrá repetir como un zombi las consignas progres y será feliz, sabiendo que está del lado de los buenos.

El precio a pagar por ese analgésico mental es la pobreza y el deterioro del medio ambiente. Pagar más que nuestros competidores por la energía disminuye nuestra competitividad. Gastar enormes sumas en un sistema de enseñanza que no forma a los ciudadanos, sino que los hace aborrecer su propia cultura, los invalida para el razonamiento y los adoctrina políticamente disminuye nuestra competitividad todavía mucho más. China e India, los principales responsables de las emisiones mundiales de CO2, han anunciado la construcción de cuarenta y veintiuna centrales nucleares respectivamente. Con ello, al tiempo que disminuyen sus emisiones, garantizan su suministro energético a precios internacionalmente competitivos. Mientras tanto, en Occidente en general y en España muy en particular, la energía nuclear sigue estando demonizada por el discurso hegemónico de la izquierda, y la llegada del invierno nos obliga a usar energía procedente de la quema de todo tipo de combustibles fósiles, incrementando nuestras emisiones, encareciendo la energía, empobreciendo a buena parte de la población y poniendo de manifiesto una debilidad política de la Unión Europea que es fruto de su dependencia energética del exterior.

No creo que se trate de mera torpeza de nuestros gobernantes. Para la izquierda posmarxista la disminución de la actividad económica es de por sí un objetivo prioritario. La ecología es tan solo un subterfugio para conseguirlo. Pero disminuir la actividad económica resta medios para mantener sano el medio ambiente. Las democracias occidentales ricas son precisamente las que mejor lo cuidan. En España en concreto, lo que realmente se busca es deteriorar una clase media que es un obstáculo para los planes izquierdistas de imponer lentamente una pseudodemocracia de tipo bolivariano o peronista que les permita eternizarse en el poder. La clase media tiene o tenía acceso a la cultura con mayúsculas, lo que le daba herramientas intelectuales para defenderse de los abusos del poder político. Una clase media a cuyos hijos llevan décadas negando el acceso a esas herramientas y adoctrinando por medio de un sistema de enseñanza pervertido.

Sin duda se trata de un problema general de todo Occidente, pero me temo que España puede ser la punta de lanza que inicie la debacle de las democracias liberales occidentales.

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