La nueva reconquista comienza en Andalucía. Alejandro González Herrera, Vicepresidente de la Fundación Civilización Hispánica - El Sol Digital
La nueva reconquista comienza en Andalucía. Alejandro González Herrera, Vicepresidente de la Fundación Civilización Hispánica

La nueva reconquista comienza en Andalucía. Alejandro González Herrera, Vicepresidente de la Fundación Civilización Hispánica

El pasado 10 de noviembre se presentó en el Parlamento de Andalucía la exposición “La Memoria Hispánica”, que son el desarrollo visual en 30 paneles de la obra magna “América Hispánica”, de Borja Cardelús, escritor y presidente de la Fundación Civilización Hispánica. Los paneles ilustran de manera resumida la obra material y cultural de España con las tierras y gentes del Nuevo Mundo.

No es casualidad que fuera el andaluz el primer Parlamento nacional que haya acogido ésta gran iniciativa. Anteriormente había sido presentado con gran éxito en lugares tan señeros como el Parlamento Europeo (Estrasburgo), la Santa Sede (Roma) o la Casa de América (Madrid).

Andalucía, y lo que podríamos denominar el factor andaluz, tuvo una importancia capital en el descubrimiento de América. El sello del occidente de Andalucía quedó impregnado en América para siempre. Desde Sevilla, fueron  mayoritariamente oleadas de andaluces los que emigraron al Nuevo Mundo en las primeras décadas del siglo XVI. Allí dejaron sus genes, sus usos, costumbres y nuestra forma entender la vida. No es difícil oler a Andalucía en la manera de vivir la vida en Hispanoamérica. La generosidad, el presente por encima del futuro, la afición a la fiesta de raíz religiosa, la Semana Santa y sus cofradías, el Corpus, las romerías. La idea de familia, la tauromaquia y hasta el acento al hablar. Si para el resto del mundo lo andaluz es la manera agudizada de lo español, esa visión se injertó para siempre en Hispanoamérica, fundiendo lo nativo y lo hispano y creando un nuevo concepto étnico, el mestizaje.

Pero no solo las cuestiones inmateriales arraigaron con fuerza, como bien ha explicado el historiador Borja Cardelús, el modelo ganadero de las marismas del Guadalquivir se trasladó a América y allí se quedó. Fue cruzando caminos, desde la Patagonia hasta el Oeste de los EEUU. Desde allí, la imparable máquina propagandística de Hollywood se lo apropió como un producto típico americano, el western. Pero no, la imagen del “cowboy” con sus espuelas manejando las vacas encima de su caballo es de origen netamente andaluz y español.

La impronta rural andaluza (hacienda y cortijo) y su arquitectura civil (maderas, enrejados, la teja árabe, patios con fuentes, etc) diseminó por toda América, llegando a nuestros días. En la actualidad, una treintena de localidades americanas, herederas de esas formas, son Patrimonio de la Humanidad.

Andaluces rasos se convirtieron en ilustres, saliendo de la vieja Andalucía. Llevaron consigo a la milenaria Tartesos, la fuerza íbera, la comerciante fenicia, las instituciones romanas y la fe cristiana.

Por ejemplo, personajes de la talla del granadino Gonzalo Jiménez de Quesada (1509-1579), el único conquistador letrado. Posiblemente después de Hernán Cortés (1485-1547) y Pizarro (1478-1541) el conquistador más potente y original. Guerrero pero culto, abogado espada en mano, todo indica que sirvió de inspiración a Cervantes para el Quijote. La espada y la pluma fueron sus divisas. Artífice de la conquista de Nueva Granada (actual Colombia) quedó horrorizado por las prácticas abominables que encontró en América,  (antropofagia, sacrificio de niños y un sistema esclavista de unas tribus con otras). El escritor hispano colombiano Pablo Victoria abunda magistralmente en su biografía “El tercer conquistador: Gonzalo Jiménez de Quesada”

La historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1488/90 -1559) supera cualquier novela de ficción. Hidalgo de Jerez, recorrió a pie y sin armas  más de 18.000 km desde Florida a California, con astucia e inteligencia, se hizo acompañar por un nuevo ejército de miles de indios que se declaraban súbditos de España. Todo sin derramar una gota de sangre. El más avezado guionista de Netflix no se hubiera podido imaginar tal epopeya. El historiador Juan Sánchez Galera lo narra con maestría en su obra “El último caballero”.

Otros andaluces, dejaron huella indeleble en el continente americano. El explorador cordobés del Valle de los Pedroches Sebastián Belalcázar se adentró en Centroamérica para ganar el Ecuador para la Corona española o el navegante Diego de Lepe (1460-1513) contorneó la costa atlántica obteniendo información de primer orden.

Andalucía, fue puerto de entrada y salida, del mayor y más duradero imperio que ha conocido la humanidad. Le contemplan 600 millones de hablantes, cientos de millones de mestizos y la expansión más espectacular del mensaje de Jesús de Nazareth.

A pesar de todo esto, los enemigos seculares de España propagaron una leyenda negra que todavía cierne en nuestras cabezas. Éramos el enemigo a batir, el mayor objeto de envidia, pues detrás de todo envidioso,  hay una admiración secreta sobre el envidiado. Lo triste es que todavía interesa seguir acusando a España. Es fácil de comprobar cuando vemos el furor iconoclasta del derribo de estatuas de españoles históricos. Ante este panorama es nuestro deber  contraatacar con argumentos sólidos y verdaderos las mentiras y falsedades que pretenden, entre otras cosas, esconder las miserias históricas de otras naciones. Dígase las masacres de indios por parte de los ingleses al otro lado del Mississippi, las barbaridades de los mismos en Tasmania o las matanzas en el Congo belga. Y no eran hechos aislados, era política institucional. Curiosamente, con ellos no hay leyenda negra.

Cada uno de nosotros, debe ser un embajador de la historia nuestra nación. El mundo tiene y debe saber la verdad. Lo deseable y estratégico sería contar con un total apoyo político para la causa, pero que podemos de esperar, por ejemplo, de unos gobernantes que abandonan en Cataluña a un niño de 5 años. Por lo tanto, hoy por hoy, somos la sociedad civil los que debemos acometer la nueva reconquista. Andalucía fue hace más de 500 años punta de lanza de un momento glorioso, medio milenio después nos toca ahora defender la memoria de ese legado. Por sí, para España y la Humanidad. Como dijo Ramiro de Maeztu en “Defensa de la Hispanidad”,… “los legajos de Sevilla y Simancas, y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo, no son tumbas de una España muerta, sino fuentes de vida”.

 

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