La pobreza no es ecológica. Gonzalo Guijarro - El Sol Digital

La pobreza no es ecológica. Gonzalo Guijarro

Según los ecologistas políticamente correctos, es preciso descarbonizar urgentemente la economía para evitar un inminente calentamiento global catastrófico. Al margen del posible calentamiento atmosférico, existen también otras razones que aconsejan reducir la producción de electricidad basada en la quema de combustibles fósiles. Por ejemplo, reducir la contaminación atmosférica por partículas, que es una importante causa de muertes prematuras por enfermedades respiratorias.

El modo más fácil de conseguirlo sería sustituir las centrales que queman combustibles fósiles (carbón, petróleo o gas natural) por centrales nucleares, que no generan partículas ni CO2 en absoluto. Además, la energía nuclear es también más segura y económica, si nos atenemos a los datos objetivos y no a su mala imagen tradicional. Con 0,07 víctimas producidas por terawatio-hora generado, la energía nuclear está en el mismo rango que las renovables en cuanto a seguridad, frente a 24,62 víctimas por terawatio-hora si se genera electricidad con carbón y 2,82 si con gas natural (fuente: Our world in data). La mala imagen de la energía nuclear ha sido fomentada por sus usos militares, por el desastre soviético de Chernóbil y por la prensa más oportunista. Pero no, a los ecologistas no les gustan las nucleares, que al parecer son pecaminosas porque las construyen los malvados capitalistas. Así que hay que conseguir la descarbonización con placas solares y aerogeneradores, que por lo visto crecen tan espontáneamente como las setas, sin necesidad de malvados capitalistas.

Pero resulta que ni la energía solar ni la eólica pueden generar electricidad a demanda, sino solo cuando el sol o el viento lo permiten. Por tanto, para estabilizar la red y evitar apagones es preciso producir al menos un veinte por ciento del total quemando combustibles fósiles o fisionando uranio. No hay más alternativas. Pero, además, tanto la energía solar como la eólica tienen también otros manifiestos inconvenientes: uno es la gran masa de materiales contaminantes que se requieren para la fabricación tanto de placas solares como de aerogeneradores, otro es su muy problemático reciclaje. La vida de una placa solar actual es de unos treinta años, al cabo de los cuales será preciso reciclarla, para evitar que los peligrosos metales pesados que contiene acaben contaminando las aguas subterráneas. Y, por cierto, no es ese un reciclaje que esté al alcance de los países pobres. Los generadores eólicos por su parte, además de requerir también grandes cantidades de materiales contaminantes para su fabricación, tienen un considerable impacto sobre aves, murciélagos e insectos voladores, que no están evolutivamente preparados para el desafío que suponen sus aspas. Pero el mayor inconveniente de esas energías renovables son las descomunales extensiones de terreno que requieren, muchos miles de veces mayores que el suelo que ocupa una central nuclear. Abastecer con energía solar a España requeriría cubrir enteramente de placas una provincia como Almería. Una enorme extensión de tierra que, al margen de otras consideraciones, ya no podría dedicarse a la producción de alimentos (lo que contribuiría a encarecerlos) ni ser reforestada para mantener la biodiversidad. En realidad, la biodiversidad que permite un campo de placas solares es prácticamente cero. Pero, al parecer, los ecologistas políticamente correctos ya han olvidado cómo la producción de biodiesel encareció los alimentos más demandados por los más desfavorecidos. Y en cuanto a la biodiversidad, parece que solo les interesa de boquilla.

Pero lo peor es que los ecologistas políticamente correctos pretenden imponer también las renovables a los países pobres. Actualmente, un 13% de la humanidad, unos novecientos cuarenta millones de personas, la mayoría en el África subsahariana, no tienen acceso a la electricidad. Por lo tanto, se ven obligados a quemar leña, restos vegetales o bosta seca para cocinar. Quemar esos combustibles es lo más ineficiente y antiecológico que se pueda imaginar: no solo producen CO2, sino también deforestación y una enorme contaminación por partículas. Un 6% de las muertes en esos países pobres se atribuyen al uso de combustibles sólidos en el interior de las viviendas. Una tasa mil veces mayor que en las ciudades de Occidente.

Pues bien, la ortodoxia ecologista pretende exigirles a esos países pobres que adopten las mismas soluciones que proponen para Occidente: nada de construir embalses o de quemar carbón barato temporalmente para disponer de una red eléctrica y desarrollar sus economías, no. Que nos compren aerogeneradores y placas solares, que son tecnologías naturales, puras y, al parecer, inmaculadamente libres de capitalistas. Todo un neocolonialismo posmoderno.

A los africanos pobres, por su parte, les gustaría disponer también de electricidad a demanda, como en los países desarrollados. Y para conseguirlo les vendría bien recurrir a las mismas tecnologías sencillas con las que se desarrolló Occidente: energía hidráulica y térmica, esta última, al menos durante la fase inicial de despegue. Porque desarrollar la economía de un país de una pobreza extrema, como son muchos en África, no se puede lograr con los métodos que están de moda entre los urbanitas occidentales ricos para sus casas de fin de semana.

Pero, con su habitual integrismo, los ecologistas religiosos consideran intolerable construir embalses en África, que no solo proporcionarían energía a demanda, sino también seguridad frente a las crecidas de los ríos, agua para desarrollar cultivos de regadío y pescado. Ellos prefieren que la misma superficie que cubriría un embalse sea cubierta a trocitos por placas solares, lo que no permitirá a los africanos salir de una agricultura de subsistencia.

Por el contrario, en los países desarrollados y ricos, todos los cuales cuentan con embalses y centrales térmicas y nucleares, se protegen cada vez más espacios naturales para conservar biodiversidad, se consiguen mucho mayores rendimientos agrícolas y se evita la contaminación del agua mediante depuradoras y el reciclaje de una parte cada vez mayor de los desechos. Todo lo cual es posible gracias a la disponibilidad de energía abundante y a demanda. El desarrollo económico permite cuidar del entorno, la pobreza no.

Pero la ortodoxia ecologista se opone a que los africanos pobres utilicen los mismos métodos que permitieron el desarrollo de Occidente ni siquiera de forma transitoria. Uno se pregunta cuáles serán las razones de tan decidida oposición. ¿Considerarán los ecologistas políticamente correctos que los africanos pobres resultan más pintorescos? ¿O se deberá a que han comprado acciones de esas empresas que fabrican placas solares y aerogeneradores sin necesidad de capitalistas?

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