Las creencias de la ministra Irene Montero. Gonzalo Guijarro - El Sol Digital
Las creencias de la ministra Irene Montero. Gonzalo Guijarro

Las creencias de la ministra Irene Montero. Gonzalo Guijarro

Cuando la ministra de igualdad padeció el Covid 19, recurrió sin dudarlo a la medicina científica occidental para que la tratara; una medicina que se basa en los conocimientos desarrollados por la ciencia moderna acerca de cómo funcionan los seres vivos, que es lo que normalmente se conoce como Biología.

Sin embargo, según ella misma ha declarado públicamente, en lo que al sexo se refiere, la ministra no cree en la Biología. En lo que al sexo se refiere, la ministra prefiere creer en lo que dice la “ideología de género”. Es decir, que lo que importa no es el sexo sino el género, que no es más que un constructo cultural para adjudicar determinados roles sociales a hombres y mujeres. Las ostensibles diferencias anatómicas entre hombres y mujeres no tienen por qué tener significado ni consecuencia alguna socialmente. Dicho de otro modo, hombres y mujeres deben ser perfectamente intercambiables, el tener una dotación cromosómica XY o XX no supone ni la menor diferencia en cuanto a capacidades, tendencias o preferencias en ningún aspecto. La genética es, por tanto, totalmente irrelevante a ese respecto.

Y si luego resulta que diversas estadísticas muestran claras diferencias entre las preferencias de hombres y mujeres, por ejemplo a la hora de escoger estudios, o a la de dedicar más o menos horas al trabajo remunerado, se culpa de ello al heteropatriarcado y asunto concluido. Si la ideología no describe bien la realidad, la culpa solo puede ser de la realidad.

Evidentemente, la ministra de igualdad, que en fondo es una mujer prudente, prefiere creer en su ideología antes que en la Ciencia siempre y cuando no le vaya la vida en ello. Anteponer la ideología a la Ciencia puede tener sus ventajas, como por ejemplo dar una imagen de mujer revolucionaria que permita justificar el tinglado que dirige y, sobre todo, el sueldo y las prebendas. Total, las consecuencias negativas de la supuesta creencia van a ser para los demás. Pero cuando está en juego su salud… Bueno, eso es otra cosa.

La verdad es que eso de empeñarse en creer en la ideología y no en la Ciencia en ciertos campos tampoco es nada nuevo; en la tradición marxista es posible encontrar numerosos precedentes. Uno muy sonado y también relacionado con la genética fue el caso de Trofim Denísovich Lysenko.

En los años treinta del pasado siglo, bajo el régimen de Stalin, Lysenko, un técnico agrónomo de origen campesino y de muy escasa formación científica, fue puesto al frente de la Academia de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética. Los motivos de su nombramiento fueron claramente ideológicos; además de tener un origen campesino, Lysenko defendía la teoría evolucionista de Lamarck, según la cual los caracteres adquiridos a lo largo de la vida se trasmiten a la siguiente generación. Es decir, que los hijos procreados por un gimnasta consumado serían especialmente musculosos. La teoría de Lamarck ya estaba por entonces completamente descartada entre los científicos, pero a los marxistas que ocupaban el poder político en la Unión Soviética les iba bien para que fuera posible fabricar ese “hombre nuevo” que había de realizar sus ensueños ideológicos de ingeniería social. Los resultados de la gestión de Lysenko fueron la purga sistemática de los biólogos darwinistas (miles de ellos fueron asesinados) y una hambruna que mató a millones de campesinos pobres. Pero ni Lysenko ni los jerarcas del Partido que lo habían nombrado estuvieron nunca en peligro de morir de inanición. Al parecer, a ninguno de ellos se le ocurrió que practicar el ayuno haría que sus hijos fueran más frugales y, por tanto, más capaces de realizar sus ensueños ideológicos.

Lo que le ocurre a la Ministra de Igualdad es parecido; antepone su ideología a la Ciencia solo en los asuntos cuyas consecuencias negativas esté claro que van a recaer sobre otros, no sobre ella, su familia o sus correligionarios del ministerio.

Y es que Ciencia e ideología tienen finalidades por completo diferentes. La Ciencia busca averiguar cómo funciona la realidad, con lo que a todo verdadero científico no le queda más remedio que tener la honradez intelectual de reconocer los errores cometidos a lo largo de una investigación, volviendo una y otra vez a plantearse el problema en cuestión hasta encontrar el enfoque adecuado para resolverlo. La ideología, por el contrario, es una receta dogmática para alcanzar el poder político, y su eficacia depende en buena medida del sostenella y no enmendalla; lo importante es convencer al ciudadano de que esa receta es la única posible, aunque para ello haya que ahormar la realidad.

Así, por ejemplo, a partir del año 2006 la información acerca del número de hombres asesinados por sus parejas o ex-parejas femeninas dejó de estar disponible tanto en el Informe Anual del Consejo del Poder Judicial como en el Instituto Nacional de Estadística. Casualmente, ese mismo año, tras dos de estar en vigor la Ley Integral de Violencia de Género, el número de mujeres asesinadas por sus parejas o ex-parejas masculinas había aumentado, lo que ya indicaba lo absolutamente ineficaz que resultaba esa ley para defender a las víctimas reales, pese a su desaforada financiación. Pero como la intención política subyacente era convencer al ciudadano de la validez de una receta perversa, que solo beneficia a los políticos que la defienden y no a sus teóricas beneficiarias, en lugar de replantearse el enfoque para la solución del problema, se ocultaron los datos que mostraban la falsedad de los supuestos en que se basaba la receta.

Por tanto, hay que concluir que la ministra de igualdad tiene unas creencias hechas exactamente a la medida de sus intereses personales, aunque nada adecuadas para resolver los problemas sociales que son de su competencia.

Para terminar, con el fin de hacer visibles a las víctimas más numerosas que ha provocado la aplicación de las perversas recetas de la “ideología de género”, permítame el paciente lector recomendarle el documental: “Silenciados, cuando los maltratados son ellos”, disponible gratuitamente en YouTube y que también ha sido objeto de una campaña para impedir su difusión por parte de los políticamente correctos.

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