Lepanto. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad - El Sol Digital
Lepanto. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

Lepanto. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

El 11 de agosto de 1480, tras haber dejado un fuerte contingente atacando la isla de Rodas, las tropas turcas tomaron la ciudad italiana de Otranto, perteneciente al reino de Nápoles. La respuesta occidental adoleció de la endémica disparidad de intereses entre las diferentes potencias.

El caso más claro puede ser Venecia, que permaneció neutral, mientras que el papado se vio imposibilitado de intervenir directamente, dado que sus tropas se encontraban empantanadas en un conflicto en la Toscana.

En 1521 los turcos toman Belgrado, y en 1526, Solimán el Magnífico derrotará a los húngaros en la batalla de Mohács. En esta batalla, consigue una gran victoria, derrotando y dando muerte a Luis II de Hungría y de Bohemia. Días más tarde los otomanos llegan a la capital de Hungría, Buda, la cual toman.

Carlos V, delegó en Fernando y le eligió rey de Bohemia y Hungría, ya que Fernando estaba casado con Ana de Bohemia y Hungría, hermana del difunto Luis II. En Hungría la Dieta prefiere elegir a Juan Zapolya, que se aliará con Solimán, apoderándose de gran parte de Hungría y convirtiendo a Transilvania un territorio vasallo de los turcos.

Fernando de Austria añadía las posesiones húngaras que conservaba a las posesiones austriacas que había recibido de su hermano Carlos V en 1522, uniendo las casas de Austria y Hungría, situación que perdurará hasta el siglo XX.

En 1529 los otomanos sitian Viena, la capital de Austria. Mientras tanto, la caballería turca realizaba incursiones dentro del Sacro Imperio. En 1532 Solimán realiza una nueva ofensiva y el emperador consigue organizar un ejército en Alemania, en el cual habría grandes generales, como Antonio de Leyva y el marqués de Vasto, para ayudar al archiduque de Austria a rechazar el ataque turco.

Mientras tanto, la piratería hacía estragos en el Mediterráneo occidental, causando problemas a los comerciantes españoles e italianos.

La alianza a partir de 1528 con la república genovesa, con una fuerte armada encabezada por Andrea Doria, alivió los problemas españoles.

En agosto de 1534 los turcos consiguen conquistar Túnez, expulsando de aquí a Muley Hassan, aliado de España. Al mismo tiempo, el imperio otomano consigue una alianza con Francia, enemiga de España. La conquista de Túnez acercaba a los turcos a sus posesiones en el sur de Italia.

Carlos V organizó una expedición militar con otras potencias como Portugal, el Papado y la Orden de Malta, y en junio recupera La Goleta, en la que el mismo Carlos V estaba al frente de la expedición. Finalmente, el 21 de julio de 1535 consiguen conquistar Túnez. Carlos V se alza con un enorme botín, consigue recuperar esclavos cristianos y restablece a Muley Hassan en el trono.

El emperador no disponía de una fuerza naval suficiente para echar a los piratas berberiscos y a los turcos del Mediterráneo Occidental. Como consecuencia, las expediciones de piratas en las costas españolas continuaron, organizando razzias en Valencia, Baleares y el sur de Italia entre los años 1536 y 1537. El emperador no podía poner fuerzas y dinero debido a su lucha contra Francia.

Sin la flota veneciana, el emperador Carlos V lo tenía muy difícil para luchar en el Mediterráneo Oriental. Por este motivo centró su esfuerzo en recuperar Argel, sede de las operaciones de Barbarroja.

En 1541 el propio emperador dirigió una expedición hacia Argel con el objetivo de conquistarla. En esta expedición se encontraba incluso Hernán Cortés, conquistador de México. Posteriormente, en octubre de 1541 la flota española llega a Argel.

La ciudad resiste el asedio y una tempestad dispersa la flota, haciendo perder 150 barcos a la flota imperial. Carlos V consiguió desembarcar y atacar Argel, aunque las enormes pérdidas obligaron a interrumpir el asalto a la ciudad y a volver a sus territorios.

La campaña había sido un total fracaso. En 1542 los franceses firman una nueva alianza con los turcos contra España.

Esta alianza se patentó en la colaboración de las flotas turcas y francesas en el asedio de Niza. En agosto de 1551, cuarenta años después de la conquista española en tiempos de Fernando el Católico, Trípoli es atacada y conquistada por los turcos.

Los piratas berberiscos, aliados del imperio otomano, amenazaban la seguridad del Mediterráneo occidental. La conquista de Córcega por parte de Francia en 1556 tampoco ayudó a que hubiera una comunicación segura entre los territorios españoles de la Península Ibérica e Italia.

Las distintas luchas en Europa, la falta de financiación y la falta de una flota naval poderosa en el Mediterráneo impidieron al emperador cumplir sus objetivos. Tendrá que ser su hijo Felipe II quien tome la iniciativa para frenar la expansión del turco en el Mediterráneo.

En 1568 se producirá la insurrección de las Alpujarras, que llevaría a una guerra interna en esta región durante tres años. Tras esta rebelión el problema morisco no mejoró y solamente se solucionará con la expulsión de los moriscos de España en 1609.

La flota comandada por Juan de Austria, hermanastro del rey Felipe II partió desde Mesina a mediados de septiembre de 1571. Conformaban la escuadra cristiana unas trescientas naves, la mayoría de ellas venecianas, genovesas y unas pocas del papa Pío V. Este último exhortó a todo el orbe católico a rezar el rosario para pedir la derrota de los otomanos y es así como hoy se sigue celebrando la fiesta de la Virgen del Rosario el 7 de octubre, aniversario de la batalla.

«Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ‘¿dónde está vuestro Dios?’. Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad»: así arengó a la tropa don Juan de Austria, en palabras de Cervantes, que lideró la victoria de «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros».

Tras Lepanto, la expansión turca que se estaba produciendo en el Mediterráneo y en las costas adyacentes del Imperio Turco se frenó en seco.

Juan de Austria dividió sus fuerzas en cuatro secciones. Por el flanco izquierdo, el veneciano Agustino Barbarigo conducía algo más de cincuenta galeras; por el derecho, el genovés Juan Andrea Doria, con otras tantas; y por el centro el propio vástago de Carlos V, al mando de la nave capitana y de otras 63 galeras. Por último, un cuarto grupo de combate quedaba en la reserva mandado por Álvaro de Bazán, cuya intervención fue fundamental en el desenlace de la batalla.

Aparte de la aguerrida pericia de los marinos cristianos, otro factor fue fundamental en la victoria de la Santa Liga. Se trata de una idea atribuida a García de Toledo, duque de Fernandina, que se aplicó a las galeras de la coalición antes de tomar contacto con los turcos.

El asunto se resume en que, desde tiempos de la Antigua Grecia, una de las tácticas de combate más básicas en el mar consistía en que las embarcaciones se embestían unas a otras con el llamado espolón de proa, una prolongación de bronce o de hierro situada en la parte delantera de la nave que actuaba como ariete en el casco del adversario.

Juan de Austria dio luz verde a la idea de García de Toledo de retirar esta pieza de las galeras cristianas, lo que suponía una innovación de primer orden en la época. De esta forma, las naves ganaban una ventaja para su ya de por sí superior artillería. Al perder el peso delantero del espolón, los cañones podían disparar desde un ángulo ligeramente superior y, por tanto, a un mayor alcance.

La estratagema permitió a las naves cristianas infligir un daño más severo a las galeras turcas antes de llegar a una distancia de abordaje.

Los artilleros cristianos barrieron las cubiertas otomanas sembrándolas de cadáveres y desequilibraron el combate. Se calcula que 40.000 turcos perecieron aquel día en Lepanto, cuatro veces más que los de la Santa Liga.

España lideró aquella jornada tan trascendental como gloriosa.

El escritor británico Gilbert Keith Chesterton, autor de una de las más bellas crónicas de aquella batalla, subrayó la participación hispana en Lepanto y dejó un recado a Francia y al propio Reino Unido:

“La fría reina de Inglaterra se mira en el espejo / la sombra de los Valois está bostezando en misa / de las fantásticas islas del ocaso llegan los ecos del cañón español”.

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