Manolo Santana y la generación espontánea del deporte español. Alejandro González Herrera - El Sol Digital
Manolo Santana y la generación espontánea del deporte español. Alejandro González Herrera

Manolo Santana y la generación espontánea del deporte español. Alejandro González Herrera

El pasado 11 de noviembre fallecía en Marbella el tenista Manolo Santana, gloria nacional y uno de los componentes más destacados de la denominada “generación espontánea” del deporte español. De los otros miembros sólo queda con vida Federico Martín Bahamontes (93 años),  el “Águila de Toledo”, premio de la montaña en Tour, Giro y Vuelta, además de ganador del Tour de Francia de 1959. El mejor escalador de todos los tiempos. Es curiosamente el mayor de todos ellos.

La llamo “generación espontánea” pues tal teoría filosófica es perfectamente aplicable a lo que sucedió en España en determinados deportes individuales y con determinados deportistas.

Fue en la época presocrática de la antigua Grecia (siglo V a.c), con Tales de Mileto y Demócrito como grandes exponentes, cuando surge la idea de la generación espontánea como teoría materialista. Posteriormente, Aristóteles (384-322 a.c) la convierte en una teoría idealista. Él propone que la generación espontánea de la vida era el resultado de la interacción de la materia inerte con una fuerza vital o soplo divino que llamó entelequia.

Pues bien, hay que reconocer que nuestra nación a nivel deportes individuales, hasta los JJOO de Barcelona 92 era “materia inerte”. Y a las pruebas me remito, en los no tan lejanos JJOO Seúl 88 el botín que alcanzó la delegación española sumó la pírrica cifra de 4 preseas. Éramos tercera o cuarta fila en el universo deportivo. Después de una Guerra Civil y una dura posguerra, el deporte en líneas generales, era un páramo que básicamente se reducía a jugar al fútbol en las calles. No había apoyo institucional de ningún tipo, ni mentalidad, ni mecenazgo para que un deportista triunfase internacionalmente.

Es por ello, que el mérito de estos deportistas fue doble y les hicieron convertirse en leyenda. En mi particular lista, estos son los deportistas que sin medios ni recursos, fueron “soplo divino” e hicieron las delicias de la afición española durante décadas. A saber, el gimnasta Joaquín Blume (1933-1959), vio la luz en Barcelona y falleció de forma prematura y  trágica en accidente de aviación. Con 23 años fue cuádruple medalla de oro en el Campeonato de Europa celebrado en París en 1957 (oficiosamente del Mundo, por el poderío de los gimnastas de Europa del Este).

La gesta de Paquito Fernández Ochoa (1950-2006) en la nieve de Sapporo (Japón) en los JJOO de invierno 1972 es de expediente X. Que un españolito de la meseta se colgase la medalla de oro en el eslalon especial frente a esquiadores suizos, franceses o austriacos tiene la única explicación de crecerse ante la adversidad, denominador común, junto con el talento innato, de todos ellos.

Y qué decir de Severiano Ballesteros (1957-2011). Un humilde cántabro se subió a hombros de gigantes para ganar cinco Majors, cinco Ryder Cups y multitud de títulos individuales en el elitista mundo del golf. Venerado en las Islas Británicas, fue nombrado mejor jugador europeo del siglo XX. De acompañar a su padre en las labores de jardinería en el Campo de Golf de Pedreña a irrumpir de manera fulgurante en el circuito mundial de golf.

El zamorano criado en Vallecas Ángel Nieto (1947-2017) no necesita presentación. De aprendiz de mecánico a ser 12+1veces campeón del mundo de motociclismo. Auténtico maestro y pionero de las posteriores generaciones de extraordinarios pilotos que ha dado y sigue dando el motociclismo español.

Es por ello, que con Manolo Santana (1938-2021) no sólo se va un pionero del tenis a escala nacional, pues fue ganador de cuatro Grand Slam y oro olímpico de exhibición en México 68. Con él también desaparece una España que para bien o para mal, ya no existe. Abundando en su biografía,  Santana fue un niño de la guerra que posteriormente encarnó en su figura la reconciliación nacional, ahora denostada por politicachos de baja estofa. Y sobre todo, y junto con las anteriores glorias nacionales, nos ilusionaron como nación. Sus triunfos, que los compartían con todos, subían la autoestima del pueblo español. Escuchando la radio, sufríamos como Bahamontes cuando vestido de amarillo alcanzaba las cumbres de los Pirineos. Leímos asombrados en los periódicos la hazaña de Paquito Fernández Ochoa deslizándose por el manto blanco de Sapporo. Gritamos  maravillados por el genial golpe de derecha de Santana en la tierra batida de París, apretábamos los dientes con Ángel Nieto en sus innumerables victorias en el asfalto de medio mundo y nos quedábamos atónitos con el drive de Seve en el verde de St. Andrews. Gracias a todos  por habernos hecho felices. Y me dejo para el último al primero que nos dejó, Joaquín Blume. Él se fue, pero nos dejó un legado para la posteridad, su extraordinario Cristo en las anillas del cielo.

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