Marea musulmana. Carlos Ramírez Sanchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad - El Sol Digital
Marea musulmana. Carlos Ramírez Sanchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

Marea musulmana. Carlos Ramírez Sanchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad

En el año 711 un ejército norteafricano comandado por Tarik desembarcó en Gibraltar, el rey visigodo Rodrigo acudió a hacerle frente, pero fue traicionado por una parte de sus propias tropas y pereció en la batalla de Guadalete (o de la Janda).

Apenas unos años después, la práctica totalidad de la Península había sido conquistada por las huestes norteafricanas, que trajeron consigo una nueva fe, la islámica.

A partir de este momento se establece una compleja situación de coexistencia entre distintos grupos sociales que configuran la realidad peninsular: por un lado, la élite árabe omeya, minoritaria y privilegiada, que controla los resortes del poder.

Por otro, un numeroso colectivo bereber que a pesar de haber llevado el peso de la conquista y abrazar la fe islámica es despreciado por las élites y, en general, apartado de las esferas de poder. A estos se suman las antiguas élites locales, tanto de origen visigodo como hispanorromano, integradas mediante pactos de capitulación que no exigían la conversión religiosa sino únicamente la sumisión a la autoridad islámica, por lo que en la mayoría de los casos conservarán su antigua fe cristiana.

Las crónicas mencionan casos de resistencia en el Algarve, en Beja, en Mérida y en otros lugares. Según relata una crónica del siglo XI, el «Ajbar Maymúa», durante la conquista de la ciudad de Córdoba, el gobernador visigodo, a la cabeza de unos centenares de hombres, se refugió en la iglesia de San Acisclo donde, aguantaron durante meses antes de rendirse y ser todos ellos degollados.

Fue en Córdoba donde, se produciría una sublevación de extrema gravedad, la llamada revuelta del Arrabal del año 818, cuyos habitantes cercaron al gobernador omeya en su alcázar. La revuelta de Ibn Hafsún a finales del siglo IX, desgajó una porción de al-Ándalus.

Su nuevo Estado, con capital en la inexpugnable fortaleza de Bobastro (Málaga), resistió durante décadas. El episodio es sintomático tanto de las tensiones internas como de la heterogeneidad cultural y religiosa de la Península en estas fechas tan tardías, hasta dos siglos después de la conquista protagonizada por Tarik y Muza.

Fueron, por tanto, dos siglos testigos de la rápida conquista militar y de la progresiva consolidación del Estado andalusí, pero también de intensos conflictos internos, de rebeliones, de la pervivencia de muchos rasgos del periodo anterior y del germen de nuevos Estados en el norte peninsular.

A su vez las conquistas musulmanas en el subcontinente indio se refieren a las conquistas que comenzaron en 711-712 con la invasión de la región de Sind por los árabes, continuaron en el siglo XI y XII con las invasiones de los túrquicos y afganos, atraídos por la riqueza de los hindúes​ y terminaron con el establecimiento del imperio mogol en el siglo XVI y su posterior caída.

Estas invasiones musulmanas sucesivas estuvieron marcadas, desde las conquistas de Mahmud de Ghazni y de Muhammad de Gur, por las masacres contra la población india que entonces se consideraban como no creyentes «kafir» y la destrucción de edificios religiosos budistas, jainistas e hindúes.

Si la islamización, como dominación política de un territorio por los musulmanes, fue un éxito en la India donde los imperios musulmanes se mantuvieron durante casi seis siglos, la islamización como conversión de poblaciones, por el contrario, fue un fracaso relativo: afectó a una gran cantidad de individuos, pero siguió siendo globalmente muy pequeña, con una distribución además altamente variable según las áreas geográficas.

La vida religiosa era intensa y se manifestaba en las diversas corrientes del hinduismo, especialmente a través del pensamiento exigente de Shankara (alrededor de 788-820).  Al mismo tiempo, se desarrollaba la corriente popular de la bhakti, que defendía la proximidad del devoto con la deidad de su elección.

El islam llegó a la India por tres vías: la primera de ellas fue por medio de comerciantes musulmanes como en Indonesia, inspirando confianza en la compra y venta. La segunda vía de ellas fue la gran influencia de los sufíes procedentes de Asia Central en la India. La tercera vía fueron las administraciones musulmanas que duraron siglos.

Los dirigentes musulmanes de origen turco empezaron a ser influyente en la India después de los 1.000 años. Los sultanes de ascendencia turca dominaron el subcontinente indio desde los años 1.000 hasta 1857.

Bajo el pretexto de los actos de piratería y de los malos tratos infligidos con frecuencia a los comerciantes y navegantes árabes,​ el gobernador de Iraq, Al-Hajjaj ben Yusef, en 711 conquistó la región de Sind (en el valle inferior del Indo), y después de un período de conversiones forzadas, a los hindúes y los budistas se les otorgó el estatus de dhimmis (protegidos) que les permitía la libertad de culto sujeto a la «jizya» (o capitación).

Los gaznávidas (962-1186), nómadas originarios del Asia Central, fundaron la primera dinastía turca iranizada, situada al sur de Kabul, y atacaron en el año 1000 las ciudades de Delhi y Kannauj, en 1018 después de masacrar a la población.

A mediados del siglo XII, los gaznávidas fueron sustituidos por los gúridas cuyo origen, Ghur (Ġawr) (lit., ‘montaña’), se encuentra en el centro de Afganistán. Muhammad de Gur (1160-1206) emprendió la conquista del subcontinente indio en 1175.

Este éxito le abrió el valle del Ganges y conquistó Delhi en 1193, desde donde partió hacia Ghur.​ Estas campañas fueron particularmente desastrosas para los hindúes porque, además de las pérdidas materiales y humanas, causaron la destrucción de sus centros culturales: grandes hogares religiosos, bibliotecas y universidades.​

La fragmentación de las Indias y la incapacidad de sus soberanos para unirse y construir una defensa cohesionada, fueron la causa principal de sus derrotas. La población, acostumbrada a las guerras internas, permanecía indiferente.​

El sultanato de Delhi dominó el norte del subcontinente indio desde el siglo XIII hasta el siglo XV. Tamerlán (Timur Lang), un rey túrquico-mongol musulmán de la Transoxiana, aprovechó la oportunidad para lanzar una devastadora incursión en las Indias bajo el pretexto de una gran tolerancia de los sultanes con respecto a sus súbditos hindúes, era marzo de 1399.

El reino o imperio de Vijayanagara (1336-1565) fue el último gran reino hindú conocido en el subcontinente indio, constituyéndose durante ese período en un baluarte contra la expansión musulmana.

La región de Bengala, cuya sumisión al sultanato de Delhi había sido siempre nominal, obtenía su riqueza de la agricultura y del comercio marítimo.

A diferencia de la mayoría de los estados musulmanes, la población bengalí se convirtió al islam y alumbró una cultura única, con una literatura en lengua vernácula abundante y rica. En Cachemira la población también se había convertido desde el siglo XIV, y los soberanos de la dinastía de los Mir Shah (1342-1561) fomentaron el comercio y la artesanía.

En 1498, Vasco da Gama desembarcó en Kerala. Los portugueses abrieron muchas factorías en la costa oeste aprovechando las rivalidades entre soberanos o imponiéndose por la fuerza. Fue en este contexto de una India dividida el momento en el que Babur (1483-1530) tomó el sultanato de Delhi en 1526 y fundó el Imperio mogol que permaneció trescientos años.

El historiador musulmán Firishta (1560-1620), autor de Tarikh-i Firishta y de Gulshan-i Ibrahim fue el primero en dar una idea del baño de sangre medieval que sufrió India bajo la dominación islámica. Calculó que más de 400 millones de nativos indios fueron masacrados a lo largo de la invasión y la ocupación islámica de India. Los supervivientes eran esclavizados y los varones castrados.

Los archivos británicos registran numerosos testimonios sobre los horribles incidentes que conmocionaron a los ingleses por su crueldad.

Will Durant escribe, en su libro de 1935, La historia de la civilización. Nuestro legado oriental (página 459):

«La conquista de India por los mahometanos es probablemente el episodio más sanguinario de la historia. Los historiadores y sabios islámicos han registrado con gran alborozo y orgullo las matanzas de hindúes, las conversiones forzadas, el secuestro de mujeres y niños hindúes para venderlos en los mercados de esclavos y la destrucción de templos que llevaron a cabo los guerreros del islam, entre los años 800 y 1700. Millones de indios fueron obligados a convertirse al islam por la espada durante este período.»

Francois Gautier, en su libro Reescribiendo la historia de India (1996), relata:

«Las masacres perpetradas por los musulmanes no tienen paralelo en la historia; son más graves que el Holocausto de los judíos por los nazis; o que el genocidio de los armenios por los turcos; mucho más extensas que la matanza de las poblaciones indígenas sudamericanas por los conquistadores españoles y portugueses».

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