Océanos y sí a la vida. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad (Derecho Ambiental). Revisor Experto de la ONU (2020/2022) - El Sol Digital
Océanos y sí a la vida. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad (Derecho Ambiental). Revisor Experto de la ONU (2020/2022)

Océanos y sí a la vida. Carlos Ramírez Sánchez-Maroto. Doctor en Derecho y Sociedad (Derecho Ambiental). Revisor Experto de la ONU (2020/2022)

Las profundidades oceánicas son el almacén de dióxido de carbono más grande del mundo. Si no existiera esta bomba biológica en el mar abierto, las concentraciones atmosféricas de CO2 actuales serían de unas 200 ppm (un 50%) más altas de lo que son. Es decir, no podríamos vivir en la Tierra.

Unos océanos sanos juegan un papel clave en la vida del planeta. No solo son la fuente de alimento para millones de personas, sino que son fundamentales para regular el clima.

Los océanos absorben entre el 20 y el 30% del carbono procedente de las emisiones de CO2 y metano a la atmósfera. Las emisiones de CO2 son las que se producen fundamentalmente cuando quemamos combustibles fósiles. Al absorber el CO2, los océanos se hacen más ácidos, lo que afecta a ecosistemas de millones de peces.

La mala noticia es que, al absorber el CO2, los océanos se hacen más ácidos, lo que afecta a ecosistemas únicos para la vida de millones de peces. En la actualidad, menos del 3% de los océanos están protegidos, por eso la comunidad científica exige que para 2030 al menos el 30% lo esté.

Es completamente posible crear una robusta red de santuarios marinos en todo el planeta e interconectados que abarque zonas de alta biodiversidad de especies, corredores de migración y ecosistemas críticos.

Los océanos nos protegen a un precio muy caro: nos dan oxígeno, nos quitan calor y CO2 de la atmósfera. Una de las claves del control climático planetario yace en la circulación global profunda, también conocida como la cinta transportadora global, una gran corriente que alcanza las regiones abisales de todos los océanos del planeta.

Esta corriente planetaria se origina en aguas superficiales a altas latitudes en el Atlántico Norte y alrededor del continente antártico. Cada invierno, estas aguas frías y saladas se hunden, iniciando así la cinta transportadora global. En pocas semanas se produce la inyección de 1. 500 billones de metros cúbicos de agua hacia las profundidades del océano. Esto supone un promedio anual de unos 48 millones de metros cúbicos por segundo, más de 200 veces el caudal medio del río Amazonas.

El inicio de esta circulación global viene acompañado, también en invierno, por otro hundimiento de aguas superficiales. Este bombeo está ocasionado por el viento y ocurre en latitudes medias y altas. Allí, las aguas se sumergen hasta unos 1.500 metros, ocasionando que la temperatura y otras propiedades varíen en profundidad de forma análoga a como lo hacen con la latitud.

Estas aguas realizan un viaje submarino transoceánico, delimitando los grandes giros subtropicales. Se trata de grandes sistemas de corrientes oceánicas influidas por los vientos y el movimiento de rotación de la Tierra. El resultado es lo que se conoce como circulación termoclina. Los giros subtropicales, cuyas aguas se mueven en sentido horario en el hemisferio norte y antihorario en el hemisferio sur, dominan las regiones centrales de los océanos.

El circuito termoclino recorre los giros transoceánicos, distribuyendo continuamente la energía y regenerando los nutrientes en el sistema. Cada varios años, las aguas regresan a la superficie y se intercambian gases con la atmósfera, como si fuera el circuito pulmonar de nuestro planeta vivo. En contraste, la cinta global tarda cientos e incluso miles de años en recorrer todo el planeta, manteniendo la memoria de climas pasados.

El resultado es un flujo de calor y nutrientes que se dirige hacia las altas latitudes del Atlántico Norte. El calor allí liberado mantiene el clima moderado del norte de Europa y el suministro de nutrientes inorgánicos sostiene la espectacular floración primaveral del océano Atlántico Norte.

El clima de la Tierra está condicionado en gran medida por el equilibrio radiativo local, que depende de la reflexión de la radiación solar (albedo) y de la fracción de radiación emitida por la Tierra que no puede atravesar la atmósfera (efecto invernadero).

Igualmente, importante es la transferencia de calor desde los trópicos hacia altas latitudes, lo que ocurre gracias a los vientos atmosféricos y las corrientes oceánicas. En el océano esto queda determinado por la intensidad de la cinta transportadora global y del circuito termoclino.

Las predicciones sugieren que a lo largo de este siglo la región subpolar se calentará y salinizará, esto último debido a la intrusión de aguas saladas subtropicales. El pronóstico es que la cinta transportadora global se ralentizará, aunque la competencia de los flujos de calor y agua dulce genera grandes incertidumbres.

Dos ejemplos de interacción entre clima y vida son el control del dióxido de carbono mediante cambios en producción primaria y la influencia del plancton marino en la formación de nubes.

Otro ejemplo es la expansión de las regiones oceánicas hipóxicas, o zonas de bajo oxígeno. Estas ocurren en el margen oriental de todos los grandes océanos, en regiones relativamente aisladas entre los giros subtropicales y tropicales. Su expansión puede deberse a cambios en los patrones de circulación, el calentamiento de las aguas y el aumento de la producción primaria.

Los océanos también han incorporado alrededor del 40 % del dióxido de carbono antropogénico emitido a la atmósfera, ocasionando una acidificación significativa.

La unión de estos factores estresantes (calentamiento, salinización, desoxigenación, acidificación, contaminación, sobrepesca) representa una amenaza significativa para muchas especies marinas, con un impacto alto en la biodiversidad marina y en la evolución del propio planeta.

La emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono ha modificado el equilibrio radiativo y ha llevado a la Tierra hacia un nuevo estado metabólico, el Antropoceno.

Un efecto importante ha sido que la temperatura media de la superficie terrestre ha aumentado en 1,2 °C  desde el periodo preindustrial, a mediados del siglo XIX, hasta la actualidad.

Esto ha sucedido a pesar de la elevada capacidad reguladora de los océanos, que han absorbido alrededor del 90 % del exceso de calor antropogénico en el sistema terrestre con un aumento en su temperatura media de apenas 0,15 °C. Si no fuera por el efecto antropogénico, la Tierra ya hubiera entrado lentamente en un período glacial, que se iría acentuando.

Las observaciones y los modelos nos dicen que el clima de la Tierra ha cambiado y seguirá cambiando. No podemos predecir con certeza el futuro. Es imperativo definir unos límites planetarios y es tarea de todos respetarlos.

Las capas de hielo son vitales para regular la temperatura de nuestro planeta ya que, junto a los océanos, absorben el 90% del exceso de calor del sistema.

En la actualidad se sabe lo mismo de la Luna que de los fondos oceánicos. Solo entre 2000 y 2010, se censaron hasta 6.000 nuevas especies. En más de la mitad de los mares, el 55% de su superficie, se desarrollan actividades pesqueras. Un 59,9% de las poblaciones de peces analizadas están explotadas hasta su rendimiento máximo sostenible.

Y los microplásticos generados por actividades pesqueras y los llamados “cinco giros”, que son las islas de plástico flotante. La contaminación por plásticos en el océano representa una amenaza masiva para la fauna marina a través de la ingestión de plástico y el enredo en ellos.

 

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