Polisílabos. Gonzalo Guijarro Puebla - El Sol Digital
Polisílabos. Gonzalo Guijarro Puebla

Polisílabos. Gonzalo Guijarro Puebla

Llama la atención que la izquierda posmoderna española, tan antiamericana ella, copie sistemáticamente y del modo más acrítico cualquier sandez que se origine en yankilandia. Un aspecto de esa falta de imaginación y de criterio es la aceptación ciega de cualquier polisílabo que puedan parir las universidades estadounidenses. A mí me parece que los polisílabos de nueva creación son una forma bastante infantil de disimular la vaciedad y falta de lógica de lo que se esconde tras ellos. Pero sus inventores deben de creer que cualquier ciudadano poco avisado pensará que unas palabras tan largas tienen que tener forzosamente un significado de lo más sesudo. No es nada nuevo; desde tiempos inmemoriales, los pedantes pretenciosos sin nada que aportar han engolado la pluma para dar el pego y medrar a costa de los incautos. Actualmente, el hablar o escribir en términos intencionadamente abstrusos para ocultar la inanidad intelectual se ha convertido ya en una especialidad académica de las llamadas ciencias sociales. En la Universidad de Málaga, sin ir más lejos, se imparte un máster en Género, Interseccionalidad y Diversidad, que viene a ser algo así como un máster en prejuicios ideológicos de importación convertidos en dogmas, lo que da una idea del nivel científico de ciertas facultades universitarias. Tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta que el presidente del Gobierno de España hace gala de un doctorado manifiestamente fraudulento sin que el mundo académico haya dado muestra alguna de escándalo o rechazo.

El polisílabo intersecccionalidad, por ejemplo, oculta algo así como una receta de andar por casa para acumular y jerarquizar victimismos. Parte de la suposición completamente arbitraria de que ciertas características físicas o preferencias de los individuos los convierten en víctimas de opresión por parte de la sociedad en su conjunto, al margen de cualquier otra consideración. La cosa funciona básicamente como sigue: si eres negro, tienes un punto para considerarte víctima oprimida; si eres mujer, otro punto; si además estás gorda, otro más (sí, ahora resulta que estar gordo te convierte en miembro de una minoría oprimida); y si además eres lesbiana, otro. Una negra gorda y lesbiana tiene cuatro puntos para declararse víctima oprimida; una blanca gorda y lesbiana, solo tres. Con ese criterio, la venezolana Delcy Rodríguez, que es ministra en el sangriento gobierno de Maduro, resulta que está oprimidísima. Es mujer, de piel más bien oscura y está rolliza, así que obtiene tres puntos como miembro de esas minorías oprimidas. Incluso cuatro, si consideramos su miopía como una minusvalía.

Y es que, en realidad, la martingala interseccional ha sido diseñada por los neomarxistas posmodernos para su aplicación exclusiva en los países con gobiernos democráticos. Si eres gorda o delgada, lesbiana o heterosexual, negra o blanca y estás oprimida en Cuba, Irán o Venezuela, te aguantas. Porque en esos países no hay minorías oprimidas; en esos países la que está oprimida por un gobierno despótico es la gran mayoría, la casi totalidad de la población. Y eso a los marxistas posmodernos les parece de lo más inclusivo.

Así pues, ¿qué es lo que pretenden esos académicos pseudocientíficos con la murga de la interseccionalidad? En primer lugar, vivir del cuento, claro está; pero además, lo que pretende siempre la corrección política en cualquiera de sus facetas: acomplejar a los ciudadanos de los países democráticos, convencerlos de que la sociedad en la que viven es un horror lleno de injusticias de las que ellos son los culpables. Para que, en consecuencia, acepten que se priorice por sistema a todo aquel que forme parte de esos supuestos colectivos arbitrariamente definidos, al margen de cuáles sean sus concretas circunstancias personales. Una priorización que se llevará a cabo mediante “cuotas” o dándoles preferencia para obtener privilegios por cualquier otro método, al margen de las capacidades que demuestren. Es decir, la interseccionalidad es una coartada buenista para justificar todo tipo de privilegios y enchufismos. Aunque, además, en última instancia, también intenten convencer a la inmensa mayoría de los ciudadanos de que existen tal cantidad de minorías oprimidas que, en realidad, sumadas, son la mayoría real. Una majadería antidemocrática tan perversa como falaz.

En España, desde que entró en vigor la Constitución del setenta y ocho, las mujeres tienen los mismos derechos y libertades que los hombres, así que no están oprimidas por ser mujeres, por mucho que se empeñen en ello los profesionales del activismo antiliberal. Lo mismo puede decirse de los y las homosexuales o de los seres humanos de cualquier pigmentación. Pero, sospechosamente, desde el poder político y cierto sector del mundo académico se intenta convencer a los ciudadanos de lo contrario. Para comprobar lo falaz de esa constante propaganda, basta con echarle un vistazo al “Informe Sobre la Evolución de los Delitos de Odio en España 2020”, elaborado por el propio Ministerio del Interior. En él, en medio de un auténtico océano de farfolla ideológica y propaganda política, puede comprobarse que los datos dicen que en España no hubo ese año ni un solo caso de homicidio racista, homofóbico o transfóbico. ¡Ni uno solo! ¿A qué viene pues tanta monserga y tanto gasto de dinero público en unos supuestos problemas gravísimos que son puramente imaginarios? ¿Acaso no existen problemas sociales reales en España a los que dedicar esfuerzo y dinero público?

Por ejemplo, la inmensa mayoría de las víctimas de homicidios y asesinatos en España en 2020  fueron varones blancos heterosexuales. Como en cualquier otro año, por cierto. Pero eso no cuenta, a eso no hay por qué dedicarle ni un céntimo ni un minuto de atención por parte de nuestros gobernantes. Y es que los señores académicos dedicados a diseñar másteres sobre interseccionalidad han decidido que es la realidad la que tiene la obligación de coincidir con esos delirios ideológicos que copian sin criterio alguno del mundo anglosajón, y no al revés. Ellos están ahí para jugar a los ingenieros sociales, no para estudiar seriamente el comportamiento de la sociedad. Así pues, al margen de los datos, los varones blancos heterosexuales, que son más del 45% de la población, se da por supuesto que son todos racistas, machistas y homofóbicos, con lo que tienen que estar dispuestos a aceptar que todo victimista profesional tenga ventajas sobre ellos en el mundo laboral. Excepción hecha, claro está, de los muy progresistas cantamañanas que viven de estas cosas, que bajo ningún concepto están dispuestos a dar ejemplo y cederle su subvención, su puesto académico o su cargo político a una víctima oprimida, aunque sea real.

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