Ser humilde es ser sabio. Pablo A. González Herrera - El Sol Digital
Ser humilde es ser sabio. Pablo A. González Herrera

Ser humilde es ser sabio. Pablo A. González Herrera

Aunque desde el evolucionismo entendido como religión de sustitución  todavía haya quien se empeñe en pretender o en sugerir sutilmente que los evolucionistas y los científicos tomados en conjunto se oponen radicalmente al trascendentalismo religioso, resulta muy claro que no es así. Resulta tan claro que, cuando se ahonda en la historia de la ciencia en general  y en la vida de los más grandes científicos, se tiene la impresión que algunos profesionales de la  ciencia obvian interesadamente el hecho objetivo de estar sentados sobre hombros de gigantes que han tenido una interpretación religiosa del mundo muy acusada, de la clase que sea. Como no podía ser de otra manera, valoran y ponderan  sus aportaciones científicas, pero sin caer en la cuenta de la fuerza de su visión trascendente y de su compatibilidad con su trabajo en el campo de las ciencias.

Frente al amor, observa Gómez Dávila, unos hombres despegan hacia la metafísica, y otros resbalan hacia la fisiología. De manera análoga, y situándonos  frente al hecho de la evolución, algunos afirman  que ésta lo explica todo, y que la percepción del misterio inherente al ser humano es irrelevante.

Por supuesto que esto no es cierto. Aun si aceptamos la idea de la evolución, ésta no puede explicarlo todo. No puede explicar de dónde vienen las leyes de la Naturaleza, ni tampoco cómo el mundo, los planetas y las estrellas, tuvieron, ante todo, su origen (alguien tan poco sospechoso de deísta como Stephen Hawking se atreve a decir al final de su Historia del Tiempo que la ciencia jamás podrá responder a la última de las preguntas: por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir).  La evolución tampoco puede explicar cosas tales como la amabilidad, el amor, la belleza, la amistad y la justicia. No puede explicar el bien y el mal, ni puede ayudarnos a escoger entre los dos. Por último, la teoría de la evolución tampoco puede decirnos dónde vamos cuando morimos, a no ser que se diga que “a ninguna parte”, respuesta, por cierto, poco satisfactoria para muchos.

En general, la negación de realidades que no se alcanzan por los métodos de la ciencia experimental es, sin duda, contradictoria y absurda. La ciencia experimental, por principio, no tiene nada que decir sobre Dios o el alma humana – ni a favor ni en contra- y la razón es sencilla: si existen realidades espirituales, no pueden someterse al método científico-experimental. La existencia y la acción de Dios se encuentran en un plano diferente al de la ciencia experimental. Por principio, las ciencias sólo estudian cómo unas criaturas causan sobre otras. La acción de Dios afecta al ser mismo de esas criaturas y de sus acciones y no cae dentro de las redes utilizadas por las ciencias. Y el alma humana, aunque creada, es espiritual, y escapa también a esas redes. Por tanto, los presuntos conflictos de competencia sólo pueden darse respecto a una pseudociencia que coloque a Dios y el alma en el mismo plano que las causas materiales. Nunca se darán respecto a ideas filosóficas y religiosas correctamente planteadas.

“La experiencia más bella y más profunda que pueda tener el hombre, es el sentido de lo misterioso (…) percibir que, tras lo que podemos experimentar se oculta algo inalcanzable a nuestros sentidos, algo cuya belleza y sublimidad se alcanza sólo indirectamente y a modo de pálido reflejo, es la religiosidad. En este sentido, yo soy religioso”  ( Albert Einstein, Mis ideas y opiniones, Antoni Bosch, Barcelona, 1980, p.35)

El gran problema reside en que la modernidad ha desarrollado un tipo de razón reductiva que es incapaz de abrirse de par en para a la realidad y admitir el método de conocimiento de la fe, que siendo específico, no es otra cosa que un ejercicio de la razón ante una acontecimiento excepcional.

Decía G.K. Chesterton que una persona humilde sabe que no puede abarcar la maravilla de Dios, la Encarnación, la Redención o el Cielo. En cambio, el racionalista quiere meter el Cielo en su cabeza…y estalla.

Y el astrónomo y físico Carl Sagan, refiriéndose a los enigmas inherentes al cosmos , reconoce: “ Al enfrentarnos cara a cara con tan profundos misterios, me parece que es sabio sentir un poco de humildad.

Y sí,  han existido sabios, auténticos genios de sus respectivas materias, gigantes de la ciencia, que de manera análoga han sido lo suficientemente humildes para reconocer que no pueden meter la vida, el hombre, la naturaleza, el cosmos, en su cabeza. Y es la propia ciencia la que ya reconoce que esa  incapacidad es científica, valga la paradoja.

Traigamos a escena  a Kurt Gödel, matemático austriaco, uno de los gigantes intelectuales del siglo XX, probablemente una de las pocas personalidades de contemporáneas recordadas dentro de mil años por su teorema, uno de los más trascendentales de la historia de la ciencia. Gödel  demuestra que  todo sistema formal de axiomas incluye afirmaciones – perfectamente dotadas de sentido- que no se pueden probar  ni refutar desde dentro del sistema. Es decir, que son indecidibles. Lo que presenta un fortísimo obstáculo a las esperanzas de lograr una teoría final y definitiva de la naturaleza. Esto es así, porque una tal teoría debe tener un alto nivel matemático y contar con un sistema bien definido de axiomas y reglas de aplicación, por lo que siempre habría afirmaciones indecidibles.

El teorema de Gödel produjo un cambio espectacular en la confianza en conseguir alguna vez verdades absolutas. El filósofo y matemático Bertrand Russell afirmaba en 1901: “ el edificio de las verdades matemáticas se mantiene inconmovible e inexpugnable ante los proyectiles de la duda cínica”, pero en 1959 decía: “ la espléndida certeza que siempre había esperado encontrar en las matemáticas se perdió en un laberinto desconcertante”.

Pero mucho antes que Gödel formalizara su teorema ya existían gigantes de la ciencia que unían al hecho de ser sabios en su campo de estudio el ser humildes y reconocer el asombro y el misterio que envuelven la realidad.

Así vemos cómo los grandes  creadores de la Revolución Científica, como Copérnico,  Kepler, Galileo, Newton, y Boyle estuvieron atentos a la lectura de dos libros, el de la revelación escrita, la Biblia, y el de la naturaleza como obra de Dios. Copérnico era sacerdote pero pocos saben que Newton, a quien muchos consideran el científico más grande de la historia, escribió mucho más de teología que de ciencia. Y Kepler, descubridor de las leyes del movimiento planetario, gracias a las que Newton pudo elaborar su sistema del mundo, dice del universo que “nada hay más preciso ni más hermoso que este relumbrante templo de Dios (….). Nada hay ni ha habido más oculto”.

Pocos saben también que René Descartes, considerado como símbolo de la razón, del método riguroso y de la certeza obtenida matemáticamente fue también un católico convencido (por más que a alguna de sus obras se incluyera en el Indice) a cuya influencia atribuye la reina Cristina de Suecia, en cuya Corte vivió, su conversión a la fe católica. Y su contemporáneo, el genial matemático y físico Pascal, dejó claro que la razón no es el único criterio de verdad, porque hay otra vía, la del corazón: “ el corazón tiene razones que la razón no conoce: se ve en mil cosas” (Pensamiento nº 423), “conocemos la verdad no solamente por la razón, sino también por el corazón(…) los principios se sienten, las proposiciones se concluyen; y ambas cosas con certeza, aunque por diferentes vías” (Pensamiento nº110).

En el siglo XVIII, el siglo ilustrado y supuestamente descreído por excelencia, encontramos sobre todo deístas entre los grandes científicos, como Benjamin Franklin, pero también cristianos comprometidos aunque disidentes de la Iglesia oficial anglicana,  como Joseph Priestley, uno de los fundadores de la química. Y a Leonhard Euler, el mejor físico teórico del siglo XVIII, un creyente muy devoto durante toda su vida. Otra figura importante  fue el italiano Alessandro Volta, investigador sobre electrostática e inventor de la pila eléctrica. Durante toda su vida fue un ferviente católico que escribió en 1815 una “Confesión de fe”, en contra del cientismo, en la que defiende la perfecta compatibilidad de ciencia y religión.

De André Marie Ampère (1775-1836), físico y matemático y descubridor de la ley que lleva su nombre sobre los efectos magnéticos de las corrientes eléctricas, se dice que durante toda su vida se mantuvo fiel a una doble herencia: la de la Enciclopedia, por parte de padre, y al catolicismo, por influencia de su madre, y aunque no llevaron en su interior una convivencia pacífica, no renunció a ninguna de ellas. De hecho, de ese conflicto le vino su preocupación por la metafísica, que tanto conformó su trabajo científico.

En el siglo XIX, si hubiese que considerar un científico como el más influyente en el desarrollo de la tecnología que caracteriza a nuestras sociedades, Michael Faraday, descubridor de la inducción eléctrica,  sería el mejor candidato. Junto con James Maxwell, creador del electromagnetismo,  ambos eran fervorosos creyentes.

Y entrar en el ámbito relaciones ciencia-fe de los grandes postuladores de la física cuántica en el siglo XX como Werner Heisemberg, Wolfgang Pauli, o Erwin Schrodinger, resultaría en extremo fascinante, porque los tres reconocen que hay en la realidad elementos no racionales, y que  por eso la ciencia debe complementarse con la mística, como decía Pauli.

Son decenas los ejemplos de científicos que quedan sin citar, pero como síntesis de su pensamiento  me gustaría acabar este artículo con las palabras con las que el físico francés de Broglie resumió la actitud de Ampère al escribir su biografía: “ no quiso sustituir la religión por la ciencia porque no trató nunca de disimular el misterio que hay en el fondo de las cosas”.

 

Deja un comentario

El email no será público.